Cada día pedía limosna a la salida de un templo y por las noches se echaba a dormir bajo las estrellas. Con el tiempo, gracias a la caridad de muchas personas, el mendigo consiguió reunir una pequeña fortuna porque no gastaba nada de lo que recibía.
Y cuando ya se vio con bastante dinero acumulado, empezó a tener problemas para dormir a la intemperie porque tenía mido de perder su dinero. Desde entonces, cada noche, se oía el mismo llanto: “¡Qué desgracia!”, decía sollozando. “Toda la vida pasando penurias para conseguir una fortuna y, cuando por fin la consigues no puedes vivir tranquilo por miedo a que te la roben”, lamentaba.
Esta corta fábula tradicional nos enseña que las fortunas materiales y el dinero, a menudo terminan siendo una carga dolorosa y angustiosa que puede dar muchos dolores de cabeza, por lo que es mejor cultivar otras riquezas más duraderas como son nuestros valores, el amor o los sentimientos y las emociones.
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