Dos panteras no se ponían de acuerdo sobre el territorio en el que podían cazar con libertad, así que se fueron a ver al tigre, que era el dueño de todas las tierras.
-Querido soberano -dijo la pantera más astuta-. Venimos a que nos des permiso para cazar en tus tierras.
-¿Dónde deseas hacerlo? -preguntó el tigre con curiosidad.
-En todo el territorio del sur, sin que nadie me limite en mis actividades.
-Está bien -respondió el tigre.
Entonces, los consejeros pusieron el grito en el cielo y le reprocharon que hiciera esa concesión a la pantera. A lo que el tigre aclaró: “Yo soy el que concede y ellas las que piden, y mi facultad de otorgar no puede ser tan pequeña como su petición porque yo soy el rey y ellos sólo unos súbditos”.
Llegó el turno de la segunda pantera, quien dijo: “Yo quiero gobernar en el territorio del sur y que todos los que estén en mi territorio tengan que pedirme permiso para apresar animales”.
-Te lo concedo porque has sido más prudente que tu compañera. Ahora ella tendrá que supeditarse a tus órdenes.
Antes de hacer algo, piensa en cómo actuarás para que no te veas en una situación comprometida que no puedas cambiar.
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