miércoles, 26 de agosto de 2026

HATSHEPSUT. LA GRAN DAMA DEL NILO

Cuando hablamos de la historia de la humanidad se nos vienen a la cabeza cientos de hombres que, por su poder o por sus prodigios, han logrado un espacio en el imaginario colectivo, sin embargo pocas mujeres han sido capaces de alcanzar este privilegio, a pesar de haber sido en su tiempo grandes figuras cuyas personalidades o proezas, bien merecen que sus nombres estén escritos en la historia con letras mayúsculas. Una de estas mujeres fue Hatshepsut, un personaje excepcional que llegó a ser una poderosa faraona del Antiguo Egipto.


A pesar de que llegó a ser la mujer más poderosa de su tiempo, Hatshepsut no nació para reinar, ya que fue la cuarta hija del faraón Tutmosis I y su esposa real Amhose, situándose por tanto muy lejos de la sucesión al trono de su padre, al que era impensable que accediese una mujer, pero el destino tenía un papel protagonista preparado para ella.

Según cuenta la leyenda reflejada en las paredes de su templo en Deir el Bahari, la concepción de esta niña tuvo un origen mágico, ya que el gran dios Amón, al contemplar la belleza de la reina Amhose, quiso unirse a ella de un modo carnal y, para eso, tomó la forma del su esposo Tutmosis.

La hermosa reina que en ese momento descansaba en sus aposentos de palacio fue despertada por el olor de la más sublime de las fragancias que pudiesen alcanzar sus sentidos y subyugada por el aroma de los dioses se unió a Amón concibiendo a su sagrada hija Hatshepsut, a la que su padre celeste otorgó todos los atributos que necesitaba para poder gobernar de manera justa al pueblo egipcio.

Además de su estrecho vínculo con Amón, desde niña tuvo una estrecha relación con su padre terrenal, Tutmosis I, gracias al cuál, la inteligente Hatshepsut aprendió muchos de los entresijos de la corona. Al haber muerto sus hermanas mayores y no existir ningún hijo varón del matrimonio de Tutmosis I y su esposa real, Hatshepsut tuvo que contraer un matrimonio de estado con el hijo mayor de su padre, nacido de la relación del rey con una concubina, otorgando con ello al que sería Tutmosis II legitimidad suficiente para ser nombrado sucesor de su padre.

Tras la muerte de Tutmosis I, Tutmosis II es nombrado faraón, lo que convierte a Hatshepsut en gran esposa real con tan solo quince años. La escasa personalidad de su marido hace que Hatshepsut decida desempeñar gran parte de las tareas de gobierno, pero tres años más tarde de su coronación, Tutmosis II muere dejando dos hijas reales de su unión con Hatshepsut y un heredero varón menor de un año, de su unión con una concubina; este niño sería Tutmosis III, pero hasta entonces, Hatshepsut tenía vía libre para hacerse soberana absoluta del reino de Egipto.


La visita al Oráculo

Durante sus primeros años de soberanía Hatshepsut actuó en calidad de regente, pero en el segundo año de su regencia una visita de la reina al templo de Luxor daría un giro radical a los acontecimientos. En esa visita al oráculo del Amón, interpretado por su poderoso clero, señalaría a la reina como futura faraona de Egipto, hecho que se haría realidad poco años más tarde cuando Hatshepsut abandonó la regencia para autoproclamarse faraona.

Durante sus 22 años de reinado Egipto vivió una etapa de paz, en la que no se extendieron las fronteras del reino, pero donde Egipto gozó de una gran prosperidad económica para los hombres y de gran veneración religiosa para los dioses, que vieron erigirse muchos de sus templos y restaurarse otros tantos, siendo la obra más importante la construcción del templo de Deir el Bahari donde se funden el Valle de los Reyes y de las Reinas, un escalonado templo en cuyas terrazas descansa la armonía de los muchos dioses a los que rindió culto y en cuyas paredes descansa la esencia de su propia inmortalidad.

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