Una fría mañana de invierno, un granjero se encontraba dando un paseo por sus campos de cultivo. Deambulando por allí, de repente tropezó con algo rígido y, al bajar la mirada descubrió que en el suelo yacía una serpiente moribunda, congelada por el frío.
El granjero sabía lo mortal que podía ser esa serpiente y, sin embargo, se apiadó de ella, la recogió y se la puso en el pecho para calentarla y reanimarla dentro de su abrigo. A la serpiente no le tomó mucho tiempo revivir y, cuando tuvo suficiente fuerza, mordió a aquel pobre hombre que había sido tan amable con ella.
La mordedura fue letal y el granjero, mientras exhalaba su último aliento, exclamó arrepentido a los cuatro vientos:
-Aprended de mi destino a no tener piedad de un sinvergüenza.
Esta historia nos enseña que hay quienes nunca cambian su naturaleza, por muy bien que nos comportemos con ellos, y devuelven mal por bien. Así, nos podemos encontrar con personas que, a pesar de que nosotros tengamos gestos de bondad hacia ellos, sólo son capaces de responder con traición.
No hay comentarios:
Publicar un comentario