Bajo
la cama de un niño llamado Jorge, en la esquina más oscura, vivía
un monstruo. Tenía la piel suave como el algodón, la boca
desdentada y los ojos de botón. Le chiflaba comer calcetines, sobre
todo viejos y sabrosos, pero era de estomago pequeño y tardaba
semanas en digerirlos. No salía muy a menudo. Le tenía miedo a la
luz, le tenía miedo a Jorge y le tenía miedo a los perros porque,
aunque nunca los había visto, le habían dicho que mordían. No se
lavaba la boca y su aliento olía fatal pero como nadie se lo decía
no se daba cuenta. No tenía amigos. Sólo podía jugar a pillarse la
cola, a dormir o a arrebujarse y pese a ser campeón mundial en esas
disciplinas se aburría un montón.
Una
calurosa noche de verano el monstruo descubrió que Jorge se había
dejado los juguetes sin recoger, las zapatillas tiradas y un par de
calcetines olvidados por el suelo. Al monstruo se le hizo la boca
agua. Se movió pacientemente hasta alcanzarlos y, sin hacer ruido,
empezó a zampárselos empezando por la punta que era la parte que
más le gustaba. Justo cuando estaba en la parte más delicada pasó
un atronador camión cerca de la casa.
Jorge
se despertó sin saber cómo ni dónde ni cuándo y lo primero que
vio fue al monstruo con su calcetín a medio tragar. Puso tal cara de
susto que el monstruo se asustó todavía más y corrió a esconderse
como una exhalación bajo la cama. Corrió con tanta prisa que el
pobre se golpeó contra un pata. Aún así consiguió llegar hasta su
esquina y apretujarse todo lo que pudo.
Al
poco rato Jorge, armado con una linterna de explorador, asomó su
cabeza y descubrió el trasero del monstruo temblando como si fuese
de gelatina.
–
Hola ¿Quién eres? – le preguntó Jorge.
El
monstruo cerró sus ojos para que no le deslumbrase la luz y se
preparó para lo peor.
–
No voy a hacerte daño. Sólo quiero verte ¿Te molesta la luz? Mira,
ya la apago – le dijo Jorge haciéndolo.
El
monstruo abrió los ojos y se volvió levemente pero sin apartarse de
su esquina.
–
¿Tienes hambre? Espera un momento.
El
niño se fue y el monstruo respiró más tranquilo. Tal vez el niño
fuera bueno. Por si acaso cuando regresó volvió a refugiarse en su
esquina.
–
Te he traído un cuadradito de chocolate.
El
monstruo estuvo a punto de reírse, a él le gustaban los calcetines
y nada más.
–
No tengas miedo. Mira te lo dejo aquí. Puedes comértelo, está
rico.
El
monstruo pensó que el niño se estaba esforzando. Quizás sólo
quería hacerse su amigo. Se acercó cautelosamente e hizo como si
probase un poquito.
Jorge
lo observó maravillado. Era algo único. Sus padres no le dejaban
tener perro pero no le habían dicho nada de monstruos.
–
No sé si me van a dejar quedarme contigo.
El
monstruo le miró extrañado. Él se quedaba donde quería.
–
¿Me dejas acariciarte? – le preguntó Jorge porque muchos bichos
no se dejan domesticar.
Al
monstruo de los calcetines nunca le habían acariciado y tenía
curiosidad por saber que se sentía así que le dejó. Le pareció
agradable.
–
Voy a encender la luz – le dijo Jorge.
Nada
más oírlo el monstruo huyó bajo la cama.
–
Pero si la luz no hace nada. Mira – le dijo apagándola y
encendiéndola.
El
monstruo siguió en su esquina.
–
Vale. Vale. Sal, que no voy a encender la luz – le dijo Jorge
sonriendo.
El
monstruo salió pero dispuesto a volver a huir a la más mínima.
–
Mira – le dijo Jorge y apuntando con la linterna al techo hizo
giros y malabarismos con la luz.
El
monstruo se quedó asombrado. La luz obedecía a su amigo.
–
¿Quieres hacerlo tú? Es como llevar un coche teledirigido.
El
monstruo dudo pero tomó la linterna con su boca y jugó con ella.
Iba por donde él quería. Entonces se dio cuenta de que ya no le
tenía miedo.
–
¿De dónde vienes?
El
monstruo había nacido en un desierto de arenas volcánicas bajo la
tenue luz de dos lunas gemelas. Allí hacía mucho frío y tenía que
escarbar profundos túneles para encontrar algo de calor. Por eso su
mundo estaba tan lleno de agujeros como un queso gruyère.
–
Bueno Me imaginó lo que va a decir mi madre al verte. Estás un poco
sucio. Vas a tener que bañarte.
El
monstruo no tenía ni la más remota idea de lo que era bañarse, por
eso se asustó y agitó su cabeza con fuerza para decir que no.
–
Pero si es muy divertido. Te dejaré mi patito de goma.
El
patito resultó ser amarillo con un pico naranja. Hacía un ruido
gracioso cuando lo apretabas pero el resto del tiempo estaba
tranquilo. El niño llenó la bañera con un sólo dedo de agua
templada y allí metió al monstruo. El agua se dejaba hacer olas con
facilidad. Aquello empezó a gustarle y jugó con Jorge a salpicar.
El monstruo descubrió que si golpeaba con su cola podía lograr que
el agua llegase hasta el techo. Acabaron empapados pero bastante
limpios y muy divertidos.
–
Ahora hay que lavarse los dientes.
El
monstruo abrió su boca negra como una cueva para que viera que no
tenía ni un diente. Su aliento casi tiró a Jorge para atrás.
–
Amigo. Vas a tener que usar un colutorio– le dijo Jorge con voz
de doctor.
Al
monstruo lo que fuera eso le sonó bastante mal. Apretó con fuerza
la boca hasta hacer una linea tan fina que ni un hilo podría pasar.
–
Vamos, tonto. Un colutorio es esto – le dijo Jorge echando en un
vaso pequeño un líquido de color verde fluorescente.
–
Es sólo para enjuagarse, no tienes que tragártelo – le dijo Jorge
y se lo acerco a la nariz para que lo olíera.
–
Pica un poquito pero te deja la boca relimpia. Yo te enseño – le
dijo Jorge e hizo unas gárgaras para al final escupirlo en el
lavabo.
El
monstruo siguiendo su ejemplo se tomó el vaso de un trago, como lo
haría un vaquero del oeste. Lo retuvo en su boca y le pareció que
aquello no era tan difícil. Entonces lo agitó. Aquello picaba como
la explosión de un millón de burbujas y estrellas. Se puso rojo y
luego azul y luego verde y luego no aguantó más y lo escupió con
todas sus fuerzas.
Entonces
se abrió la puerta y apareció el padre de Jorge.
Estaba
tan aplatanado como un zombie después de correr una maratón pero en
cuanto vio todo el berenjenal que habían montado se le quitó el
sueño de golpe y porrazo. El baño estaba hecho un desastre.
–
¡Jorge!
El
monstruo de los calcetines intentó esconderse tras el pijama de
Jorge pero no le dio tiempo.
–
¿Podemos quedárnoslo? Por favor. ¿Podemos? Es bueno y yo me
ocuparé de cuidarlo. ¿Podemos? ¿Podemos?
El
monstruo puso su mejor sonrisa. Le salía un poco torcida porque no
gastaba espejos, pero era de verdad.
–
Ya veremos mañana – les dijo el padre suspirando – Pero antes
tenéis que recoger todo este lío que éstas no son horas.
–
Vale – dijo Jorge y con ayuda del monstruo limpió el baño.
Tardaron
pero lo lograron y al terminar se acostaron. Jorge le dejó un trozo
de su cama al monstruo, que jamás había dormido en un lugar tan
blandito, y ambos se quedaron fritos en un periquete.
A
la mañana siguiente la madre de Jorge decidió que, si era
responsable, el monstruo se podía quedar. Desde entonces la familia
de Jorge tiene un nuevo miembro y ya saben que hacer con los
calcetines viejos, se los come Bisbis que es el nombre le pusieron
entre todos al monstruo de los calcetines.