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sábado, 8 de agosto de 2026

EL QUE CURABA JOROBAS

Había una vez un médico que se vanagloriaba de ser capaz de mejorar a los jorobados.

-Si un hombre es curvo como un arco, como una tenaza o como un aro, basta con que se dirija a mí para que yo, en un solo día, lo enderece -decía orgulloso a todos los pacientes que le visitaban en su consulta.

Cierto jorobado fue lo suficientemente ingenuo para creer en esas seductoras palabras y se dirigió a él para que lo desembarazara de su pesada joroba.

El charlatán, entonces, cogió dos tablones, colocó uno en el suelo, hizo acostarse encima al jorobado, colocó el segundo tablón encima y, subiéndose sobre este último tablón, pisoteó con todas sus fuerzas a su paciente. El jorobado, ciertamente, quedó derecho, pero murió debido a la fuerza ejercida por el médico sobre su frágil cuerpo.

Como el hijo del muerto quiso llevarlo a la justicia, el charlatán exclamó:

-Mi oficio es el de curar a los jorobados de sus jorobas, yo los enderezo. Que mueran o no ¡eso a mí no me concierne!

Esta historia nos enseña a tener cuidado con dejarte seducir por las falsas promesas porque, al final, puede que pagues un precio muy alto por ello.

jueves, 6 de agosto de 2026

El puente

Los coches fluyen deprisa, sin empujarse unos a otros, pulidos por una luna en vela que les dota de cierta descuidada juventud. Al final del día su rumor constante recuerda al del mar con esas largas olas que emborrachan y apuran canciones. El semáforo cambia a rojo y todos se detienen detrás de la línea. Van casi vacíos, con el conductor al borde de la radio y las luces sin soltar su volante.

Un hombre vestido de blanco con estrellas negras cruza al otro lado de la calle y después, como si se lo hubiese pensado mejor, se vuelve hacia los coches y los mira con curiosidad. Sonríe desde la punta de sus pies hasta el brillo de sus ojos. Sonríe profundamente, como si su piel fuera más de agua que de barro.

 - ¡Buen día, señor! ¿Un pañuelo, una botella?

Ofrece sus desbordantes manos con suavidad, abriendo su mirada y avivándola con el más leve de los gestos. Lee en un instante un día que casi ha pasado, una vida entre pesada y feliz, una cerveza, un beso al llegar a casa.

A veces acuden a su memoria trajes más floridos, atardeceres anaranjados, los colores planos de un rayado televisor, corros de niños, el chiste del Mr. Biggs y las bananas verdes picantes.

- ¡Hola señor!

Es lunes y casi todas las ventanillas están cerradas a conciencia. Los sábados se pueden hacer hasta amigos, es un buen día para estrechar manos y escuchar historias.

Justo antes de que el semáforo termine su cuenta regresa a su lado. El puente está a resguardo de las sombras de los desproporcionadamente altos edificios. Pasan más coches que personas y estas son algo fantasmales.  No se las ve llevar comida y tampoco mucha carga. Se juntan pero no se tocan. Caminan en línea recta siguiendo unas escrupulosas aceras sin un papel que las de un trocito de vida.  

Una niña con unas gafas enormes mira al hombre como si acabase de descubrir un nuevo mundo. Luego cruza confiando sus pasos a los tirones de su madre mientras él saluda y piensa en que tal le irán las cosas a Alika.

 - ¡Buen día señor! ¿Le interesa agua o unos pañuelos?

Realiza un pequeño malabarismo con cada moneda que le entregan. Deja que recorra su mano, la lanza a dar vueltas en el aire y consigue que caiga en un bolsillo. El juego se ha ido volviendo más complejo y ahora podría bailar durante un buen rato entretejiendo trucos.

-¡Hay unas nubes maravillosas!

A veces llueve, pero con suavidad, sin que el cielo llegue a caerse y las gotas son más semillas que frutas maduras. El viento resbala sobre su gorro, regalo de un marinero. Cuando hace frío se encoje y estira y baila sobre un sólo pie para espantarlo. Cuando hace calor canta esa música que se funde con el cuerpo y te lleva sin hilos.

- ¡Buen día, señor! ¿Le interesa agua o unos pañuelos?

Los compra en la tienda de un amigo, un poco serio pero con un bigote gracioso. Le gustaría trabajar como dependiente, sabe que es un poco alto pero lo compensa con simpatía.

- ¡Hola!  ¿Un pañuelo?

- Dame uno que no me vendría mal llorar.

- ¿Le ha pasado algo?

- ¡Qué no me ha pasado! El cabrón de mi jefe ha decidido ponerse quisquilloso con  la normativa.

- Los lunes no son un buen día.

- Sí, pero cuando se dé cuenta de lo que está montando no creas tú que tratará de arreglarlo. No. Se sentará en su despacho a jugar solitarios en el ordenador. Aquí tienes amigo.

- Muchas gracias. Mañana será distinto. Tendremos Sol.

- Esperemos.

La noche se extiende pero ya hace rato que la ciudad se ha encendido y las estrellas se colaron por su agujereado paraguas. El hombre reza en agradecimiento por el día pasado. El viento sopla pero no cambiará el curso del río y así no hay mosquitos. Al fin y al cabo la vida es fácil, es el único camino.

martes, 4 de agosto de 2026

EL PRISIONERO Y EL ESCARABAJO

Un hombre acabó encarcelado de por vida en lo alto de una torre debido a una serie de delitos cometidos. Como su mujer no aceptaba esta dolorosa separación de su marido, tomó la firme decisión de ayudarlo a escapar.

De este modo, atrapó un escarabajo y, tras haber atado con delicadeza un hilo de seda extremadamente delgado al insecto, untó sus antenas con una gota de miel. Luego lo depositó al pie de la torre, con las antenas dirigidas hacia lo alto.

El insecto, en su afán de alcanzar la miel, trepó tanto que llegó a la ventana del prisionero, y una vez allí, el hombre preso lo cogió, le retiró el hilo de seda y lo dejó libre. A continuación tiró del hilo, en cuyo extremo su mujer había atado otro hilo más grueso. Seguía a éste un hilo bramante, al bramante una cuerda y, finalmente, a la cuerda una sólida soga que el hombre fijó en el interior de la celda para descender de la torre y huir con su adorada esposa.

Esta historia nos enseña que, muchas veces, lo que la vida nos propone (alguna acción, un trabajo o un reto) requiere paciencia. De este modo, nos hará bien ir paso a paso, para así conseguir los resultados esperados.

lunes, 27 de julio de 2026

EL NIÑO DE LA LUNA

En los viejos tiempos, un famoso jefe guerrero nació con la marca de la luna llena en su pecho.

Aunque tenía dos esposas, no tenía hijos a quien poder dejar su herencia.

Finalmente, la esposa más joven le dio un hijo, pero la esposa mayor conspiró para matar al niño. Sus planes se vieron frustrados por una de las criaturas más pequeñas; un ratón ayudó a esconder al bebé y lo llevó de vuelta a su familia.

El padre del niño de la Luna llevaba la marca de la divinidad femenina en su corazón, por lo que ambos aspectos de la divinidad existen uno dentro del otro.

Considera el próximo verano como un buen momento para reconocer la divinidad masculina en la esfera de la divinidad femenina (estamos de lleno en la temporada de la Diosa, y la divinidad masculina, representada por el Sol, está en su apogeo en Litha). Este mes también ingresamos en el signo de Cáncer, el niño de la Luna. Bajo los auspicios de la luna llena de junio, honra a las figuras paternas de tu vida con sensibilidad y orgullo:


Niño bajo la Luna, de madre y padre.

Soy tu hijo, soy tu hija.

-Natalie Zaman

sábado, 11 de julio de 2026

El poeta imaginario

Empezó a enviar poemas a direcciones inventadas cuando descubrió el cartero no las traía de vuelta. Al principio las enviaba a la atención de Neruda, de Dario, de Lorca y de todos aquellos que dormían en su voz, a los lugares que soñaron y les soñaron. Luego comenzó a inventarse poetas que nunca existieron. Ahora escribía a un pastor que silbaba a la lluvia, a una abuela que masticaban el pan para su nieto, a un marinero obsesionado por una ballena blanca.

Cada vez que necesitaba un sello lo pintaba con un pincel de un sólo pelo inspirándose en los paisajes de montaña que le rodeaban, o en el rostro de Encarna que una vez al mes acudía para chismorrear y cortarle sus cabellos. Desayunaba leche de cabra y con ella hacía quesos que cambiaba por pan y papel. Fabricaba la tinta con una mezcla de agua de lluvia hervida, clara de huevo, zumo de ciruelas, clavo y unas gotitas de sangre.

Cada mañana, después de sumergir por entero su cabeza en el agua de un riachuelo, cantaba una canción a la que cada noche añadía un nuevo verso. Las partes más hermosas coincidían con el momento en el que regaba su huerto. Después partía con sus cabras a dónde estas quisieran conducirle. Su canto se volvía entonces un murmullo con breves repuntes en algún detalle del cielo o de la vida y su libre brotar. Con el atardecer guardaba a las cabras y se ponía a escribir mientras aguantase la luz del sol.

Una tarde encontró apoyado en su puerta a un hombre. Dormitaba produciendo una especie de lánguido suspiro. Su barba negra descansaba sobre su hombro. Tenía cruzados los brazos con las manos resguardadas en las mangas de una grueso jersey verde. Parecía fuerte y casado. Llevó a sus cabras al redil mientras reflexionaba acerca de la extraña circunstancia. No era bueno para recordar las caras pero lo poco que le quedaba de familia estaba a medio mundo y unos cuarenta años de distancia. Decidió sentarse a su lado a esperar que despertase a ver si le venía a la cabeza quién podría ser. Cuando llevaba un rato mirándole vació su zurrón y trató de colocárselo como almohada. El hombre despertó sin transición o sorpresa. Tenía unos desconcertantes ojos azules.

Hola – dijo el extraño. Se levanto, ofreció su mano y esperó un buen rato una respuesta.

¿Quién eres? – pregunto dejando que cargará el peso de su mano.

Le escribí una carta. ¿No la recibió? – dijo el hombre con una felicidad evidente. – Soy Alef Gustafsson.

Eso es imposible. Yo le imagine – dijo con la confusión dibujándose en sus ojos.

Bueno, no vivo en la Huerta del Rey, pero acertó prácticamente en el resto.

¿Cómo ha conseguido encontrarme?

Ha sido toda una aventura. Pero he encontrado gente maravillosa. ¿Sabe que hay una empleada de correos enamorada en secreto de usted?

¿Cómo?

Disculpe. A veces me emociono y me olvido de que tengo todo el tiempo que quiera para las cosas importantes. Aún no me ha dicho su nombre.

Perdón. No estoy acostumbrado... Me llamo Miguel – respondió azorado y está vez fue él quien ofreció su mano.

Es un placer conocerle, Miguel – se la estrecho amablemente Alef.

No tengo mucho que ofrecerle.

Sin duda cualquier silla será mejor que el suelo y un vaso de agua en este instante me sabría a cielo.

Ahora abro la puerta – dijo Miguel mostrando una enorme llave de hierro que luego rugió en una antigua cerradura.

La casa sólo tenía una habitación. Era sencilla pero llena de pequeños detalles. Figuras de madera. Estanterías llenas de tomos sin titulo primitivamente encuadernados. Unos pocos libros de bolsillo muy desgastados. Una mesa frente a la ventana llena con los útiles de escritura y unos cuantos papeles desordenados. La cama estaba arreglada con unas sabanas marrones, sin una sola arruga.

¿Y cómo es que vive aquí? – dijo Alef fijándose en dos campanillas que colgaban de la luz.

La soledad ayuda con la poesía. Como sin duda sabrá.

Eso es sólo al principio, después empiezas a querer más.

El nuestro es un arte de margenes.

No estoy de acuerdo con eso. Y si me lo permite se lo demostraré. ¿Tiene radio?

Por supuesto – dijo Miguel con un leve bufido sacando una del último cajón y tratando de quitarle discretamente el polvo.

¿Dónde hay un enchufe?

¿Va a ser mucho rato?

No creo.

Entonces puedes usar el de la nevera.

Gracias – dijo Alef y se sentó en el piso de madera y empezó a trastear con la radio. Miguel acabó por sentarse a su lado.

¿Qué va a hacer?

Mientras leía sus poemas me decía: "Es una lastima que no lo conozca más gente, que no tengan la fortuna de su parte y logren encontrarlo".

No soy lo bastante bueno. Hay mil poetas cuya obra merece ser leída antes que la mía.

Usted está vivo y los tiempos cambian una barbaridad. ¿Cuantos poetas puedes nombrar con más de un siglo en sus tumbas?

Sigo sin ser lo bastante bueno.

¿Bastante? ¿Cuál es la poesía más bella del mundo?

Puedo responder esa pregunta para mí, pero no para el mundo.

Entonces piense un momento el porque de su respuesta – dijo Alef tratando con cada vez más suavidad a la radio, buscando entre el rumor un faro de coherencia con la antena entre sus dedos. Al fin meciendo suavemente el dial consiguió que una alegre melodía llenase la habitación.

Es música.

Escuche un momento las palabras.

Sí, admito que hay cierta poesía.

Es poesía que ha ido poco a poco creciendo, llenándose como palabra. Hay poesía en el movimiento, en la luz, en la música, en la naturaleza, en todo lo que es bello. ¿Cuál es la poesía más bella del mundo?

Hay un canto... Cada día le añado un verso. Lo mejor que me ha pasado. A veces se me ocurre cuando contemplo la naturaleza, o cuando encuentro algo, o cuando... bueno, el excusado es un momento en que uno piensa en uno mismo.

Me encantaría escuchar ese canto, Miguel. Quién sabe, quizás encuentre algún verso para mi poema más bello del mundo.

Siéntate en la cama. No te preocupes, es el lugar más cómodo. Mejor será que te traiga una jarra de agua, un poco de pan y un poco de queso. Va a llevarme un buen rato.

martes, 7 de julio de 2026

EL PODER DE GOBERNAR

Dos panteras no se ponían de acuerdo sobre el territorio en el que podían cazar con libertad, así que se fueron a ver al tigre, que era el dueño de todas las tierras.

-Querido soberano -dijo la pantera más astuta-. Venimos a que nos des permiso para cazar en tus tierras.

-¿Dónde deseas hacerlo? -preguntó el tigre con curiosidad.

-En todo el territorio del sur, sin que nadie me limite en mis actividades.

-Está bien -respondió el tigre.

Entonces, los consejeros pusieron el grito en el cielo y le reprocharon que hiciera esa concesión a la pantera. A lo que el tigre aclaró: “Yo soy el que concede y ellas las que piden, y mi facultad de otorgar no puede ser tan pequeña como su petición porque yo soy el rey y ellos sólo unos súbditos”.

Llegó el turno de la segunda pantera, quien dijo: “Yo quiero gobernar en el territorio del sur y que todos los que estén en mi territorio tengan que pedirme permiso para apresar animales”.

-Te lo concedo porque has sido más prudente que tu compañera. Ahora ella tendrá que supeditarse a tus órdenes.

Antes de hacer algo, piensa en cómo actuarás para que no te veas en una situación comprometida que no puedas cambiar.

lunes, 6 de julio de 2026

EL POBRE Y LAS RIQUEZAS

Había una vez un hombre que vivía en la pobreza en India. Tan extrema era su condición que no tenía nada que llevarse a la boca ni una casa en la que poder pasar las noches.

Cada día pedía limosna a la salida de un templo y por las noches se echaba a dormir bajo las estrellas. Con el tiempo, gracias a la caridad de muchas personas, el mendigo consiguió reunir una pequeña fortuna porque no gastaba nada de lo que recibía.

Y cuando ya se vio con bastante dinero acumulado, empezó a tener problemas para dormir a la intemperie porque tenía mido de perder su dinero. Desde entonces, cada noche, se oía el mismo llanto: “¡Qué desgracia!”, decía sollozando. “Toda la vida pasando penurias para conseguir una fortuna y, cuando por fin la consigues no puedes vivir tranquilo por miedo a que te la roben”, lamentaba.

Esta corta fábula tradicional nos enseña que las fortunas materiales y el dinero, a menudo terminan siendo una carga dolorosa y angustiosa que puede dar muchos dolores de cabeza, por lo que es mejor cultivar otras riquezas más duraderas como son nuestros valores, el amor o los sentimientos y las emociones.

miércoles, 6 de mayo de 2026

EL PLATANERO TALADO

Un hombre tenía en su jardín varios árboles frutales. Entre ellos, se encontraba un viejo platanero, que ya estaba muy seco y no daba plátanos. Pero, aún así, el hombre lo mantenía y lo cuidaba con mucho mimo.

Un frío día de invierno, un vecino suyo se acercó hasta su casa y, muy serio, le dijo:

-Pero vecino... ¿por qué tienes ahí un platanero seco y medio muerto y te empeñas en mantenerlo? ¿No sabes que trae mala suerte tenerlo en esas condiciones?

Y el hombre, temeroso de lo que le había contado su vecino y de que, efectivamente, aquel árbol le trajera alguna desgracia, lo taló.

Curiosamente, al día siguiente de talar el árbol, su vecino volvió a acercarse a su casa y le pidió la leña del platanero para su chimenea.

-¡Así que sólo querías la leña! ¡Mentiste para que talara el árbol! ¿Cómo puedes hacerme esto, siendo vecinos?

Y el vecino, cabizbajo, se fue a su casa.

Esta historia nos enseña a no fiarnos de antemano si nos proponen hacer algo. Lo mejor es actuar con prudencia porque, en ocasiones, las personas que te aconsejan sólo persiguen un beneficio propio.

martes, 5 de mayo de 2026

El pintor

Estiré el paño, envolví el horizonte y con tal hatillo me hice al camino. Por aquel entonces tenía que pintar las flores silvestres, el polvo que intentaba emborronar mis zapatos y hasta los granos de trigo que llevaban las hormigas pero cuando me acostumbré todo pasó con mayor facilidad. Había una perdiz durmiendo la siesta entre las espigas y un águila curioseándome desde lo alto.

Buscaba algo y entonces ocurrió. Un sombrero de paja con una cinta roja surcó el cielo. Traté de adivinar los vientos y eché a correr. Entonces todo se detuvo.

miércoles, 29 de abril de 2026

EL PINTOR DE BÚFALOS

Un artista muy famoso, que siempre andaba un poco sobrado de soberbia, pintó un cuadro que tituló “Combate de búfalos”. Tan satisfecho estaba de su creación, que un día decidió sacar el cuadro al pequeño jardín que daba a la calle para que todo el mundo pudiera admirarlo.

Al cabo de un rato, pasó uno de los ganaderos que llevaba a pastar a sus búfalos y se quedó mirando, pensativo, el cuadro. El pintor, henchido de orgullo, se acercó a él y le preguntó:

-¿Le gusta mi obra? ¿Ha visto cómo se parecen a sus búfalos?

-Sí, bueno... -contestó dubitativo el hombre-. El caso es que los búfalos se parecen, pero cuando dos búfalos se pelean emplean toda su fuerza en los cuernos y aprietan la cola entre las patas y la balancean. ¡Nunca he visto búfalos que se peleen así!

Y el hombre siguió su camino, mientras el pintor daba vueltas a todo lo que le había dicho.

Esta historia nos hace ver que, a veces, solemos ignorar más cosas de las que sabemos. Nadie es maestro en todo, por lo que una lección de humildad siempre es bienvenida, sobre todo, para aprender a reconocer nuestras limitaciones.

lunes, 27 de abril de 2026

EL PERRO Y SU HUESO

Un perro muy hambriento caminaba de aquí para allá buscando algo para comer. Llevaba varias horas deambulando, pero no había tenido éxito y comenzaba a sentirse cansado por el esfuerzo de caminar tanto. Pero entonces, la suerte le sonrió, pues se encontró con una gran carnicería regentada por un generoso carnicero que, al verlo tan famélico, le tiró un hueso sobrante.

Llevando el hueso en el hocico, se fue tranquilo y feliz a cruzar el río para saborearlo mejor. Sin embargo, nada más meterse en el río, vio su reflejo en el agua y creyó, erróneamente, que lo que veía era otro perro con un hueso todavía más grande que el suyo, así que intentó arrebatárselo de un solo mordisco. Pero cuando abrió el hocico, el hueso que llevaba cayó al río y se lo llevó la corriente.

Y así fue como se dio cuenta de que estaba viendo su propio reflejo, y que había perdido el hueso más delicioso del mundo por querer coger algo que no era real y no le pertenecía.

Esta historia nos enseña que debemos ser felices con lo que tenemos y no envidiar lo de los demás.

jueves, 23 de abril de 2026

EL PATO Y LA LUNA

Un pato hambriento nadaba por el río en busca de peces, pero fueron pasando las horas y no había forma de dar con ninguno.

Armado de paciencia, decidió esperar a que oscureciera a ver si mejoraba su suerte y sucedió que, nada más entrar la noche, vio el reflejo de la luna en el agua. En ese momento pensó que, por fin, era un pez y se sumergió con celeridad para capturarlo.

Los patos que estaban a su alrededor vieron lo que éste acababa de hacer y empezaron a reírse y a burlarse de su compañero sin medida, algo por lo que sintió gran vergüenza y tristeza. No entendía por qué, los que había considerado amigos se comportaban con él de ese modo.

Desde entonces, el pato sintió tanto apuro y timidez que, incluso cuando estaba cien por cien seguro de que veía un pez bajo el agua, no hacía nada para capturarlo. De este modo, sin comida que llevarse al pico, acabó muriéndose de hambre.

Este breve cuento del escritor ruso León Tolstoi nos habla de las nefastas consecuencias del acoso, de cómo las opiniones y las acciones de los demás nos pueden llegar a hacer un daño irreparable.

miércoles, 22 de abril de 2026

El palacio flotante

Una radiante mañana el maharajá de Udaipur decidió que estaría muy bien tener un palacio en el cielo. Lo primero que hizo fue convocar a los mejores pilotos de cometas y desafiarles a pescar una nube sobre la que poder sostener su sueño. También llamó a los mejores cocineros del mundo para que lograsen un material tan ligero como su aliento con el que construir el palacio más bello del mundo

Allí acudieron todos. Los cocineros con un dulce ladrillo blanco hecho de aire y fino azúcar y los pilotos, tras investigar las técnicas de los pescadores, con la idea de usar agua como cebo para que si la nube no quedaba engatusada por la danza de sus cometas lo hiciese al probarla. Trajeron agua bendecida por hombres santos, agua de la nieve del Everest, del rocío de Kalimpong y de la lluvia de Gangotri, agua de los más recónditos manantiales y los más exóticos ríos, con ella empapaban sus cometas antes de echarlas a volar.

El maharajá fue inasible por las dificultades. Sus consejeros le dijeron que a su palacio se lo llevaría el viento y a él se le ocurrió ponerle timón, vela y ancla. Le dijeron que él mismo no podría sostenerse sobre la nube y consiguió que le hicieran unos zapatos flotantes. Eran ridículamente grandes, confeccionados con seda de araña y nubes de vapor de tetera y al más mínimo desequilibrio le hacían quedar colgando bocabajo mientras se le caía cuanto llevase encima. Tardó en acostumbrarse pero al final, salvo por algunos problemas de frenado, se deslizaba por los pasillos con gran habilidad.   

Así siguieron sus planes. Los pasteleros moldearon elefantes de mirada sabia y columnas tan profusamente decoradas que cada una parecía un pequeño jardín. Los pilotos de cometas desplegaron un asombroso festival de colores y movimiento por todo el cielo. Al atardecer, cuando aflojaba el calor, los niños de la ciudad se añadían al espectáculo con sus cometas caseras. No sólo lo hacían por la recompensa del maharajá, que hubiese cambiado sus vidas, sino también por la sensación de libertad que tenían en cuanto se tensaban los hilos. Era maravilloso que algo tan sencillo y pequeño pudiese llegar tan lejos. Fue uno de esos niños el que consiguió pescar a la nube. Su padre había construido su cometa de papel y su madre le había puesto una gota de perfume. Él volaba su cometa imitando a los pájaros de humilde nombre e intensa alegría que cuando un viento, que llevaba un rato encaprichado con sus cabellos, decidió llevarse su cometa a lo más alto. Tan alto que al niño se le acabó el hilo y tuvo que pedirle a un amigo. Tan alto que se perdió de vista y pareció que ya no regresaría pero cuando lo hizo trajo consigo una rolliza y hermosa nube. Tendríais que haberle visto volver a su casa con la nube siguiéndole al final de su cometa y una multitud rodeándole. Tendríais que haber visto la cara que puso su madre.

El maharajá nombró al niño piloto de cometas real y antes de que la nube se aburriese y se marchase logró que bajase lo suficiente para tender sobre ella una inmensa y suave sabana de seda. Un centenar de hombres la retuvieron mientras el maestro ingeniero colocaba y pegaba con jarabe de azúcar las piezas del gran puzzle en que los cocineros habían dividido el palacio. Pesaban tan poco que en sólo dos días estuvieron dispuestas y el maharajá pudo ver como desde las ventanas de su habitación bajo la gran cúpula central su reino abarcaba el horizonte.

Construyó una escalera de flores al lado de su lago favorito y allí ancló su palacio flotante. Era tal su belleza que la gente madrugaba para contemplar como se teñía de un delicado naranja con la primera luz del sol y el maharajá salía a saludarles un poco inconscientemente. Al anochecer encendía velas de ceniza y azúcar y el palacio parecía hundirse en el cielo. Los viajeros decían al regresar a su hogar que habían visto una maravilla y los habitantes de Udaipur sentían el orgullo de saberla suya.

Llegó la época del monzón. La nube se mantuvo un rato enroscándose sobre si misma  pero finalmente no pudo aguantarse las ganas y empezó a llover sobre el lago. El maharajá apenas tuvo tiempo de escapar por la escalera y contemplar como el palacio se iba deshaciendo lentamente en las tranquilas aguas del lago. Ninguno de sus consejeros consiguió separarlo de la orilla desde donde lloró amargamente su sueño perdido. Lo logró una familia que se sentó a comer cerca de donde él estaba. Bebieron agua del lago tomándola con deleite y sonrisa. La felicidad que reflejaban sus rostros conmovió al maharajá, que probó el agua y notó su dulzura a pesar de todas sus lágrimas. En aquel momento decidió construir un nuevo palacio sobre el lago, está vez de piedra. Aún hoy se puede ver en Udaipur y, aunque el agua ya no es tan dulce como entonces, hay familias que acuden a comer al lago y cuentan la historia del palacio flotante.

miércoles, 15 de abril de 2026

EL OJO

Dijo un día el ojo a sus compañeros:

-Veo más allá de esos valles una montaña envuelta en nubes. ¡Que montaña más solemne!

-¿Dónde está esa montaña que tú ves? –Interrogó el oído, después de haber escuchado las palabras del ojo-; yo no oigo su voz.

-En vano pretendo sentirla –adujo la mano-. Allí no hay montaña alguna.

-Nosotros no podemos comprender –objetaron las narices- cómo puede existir esa montaña sin que nosotras aspiremos su perfume. Por tanto, no hay tal cosa.

Miró el ojo hacia el otro lado del cielo, riéndose dentro de sí, mientras los demás sentidos fueron a reunirse en un conciliábulo, deliberando sobre el motivo que indujo al ojo a tamaño desvarío. Después de una minuciosa investigación, llegaron por unanimidad a esta conclusión:

El ojo, sin duda, ha perdido el juicio.”

Khalil Gibran

sábado, 11 de abril de 2026

El niño y los borrachos

En las afueras del pueblo la luz se diluía sobre los campos aliviados por la noche dejando ver ejércitos de mosquitos de corta vida en busca de algún remedo del sol en la promesa de la luna. El camino había calmado su polvo y grillos y gamusinos se peleaban por el silencio entre el crujir de las estrellas. El niño no podía apartar su mirada del pueblo. Tan grande le parecía que el mundo se le hizo más pequeño pues no llevaba ni tres días de marcha y ya había alcanzado el origen de todas sus historias. Tenían miedo sus cortos pasos bajo las casas de palaciego recortarse. No podía imaginar las montañas de barro y piedra necesarias para levantar aquellos castillos de más de dos pisos de altura. Algunas incluso tenían las paredes teñidas de blanco e inmensas puertas de madera de las que ni el más feroz de los vientos arrancaría un quejido.

El niño se decidió por una baja ventana de cortinas floreadas de la que partían risas y voces descarnadas. Se limpió sus pies descalzos a un pantalón que se confundía con un trapo. Aplastó la rebeldía de sus cabellos con un par de dictatoriales manotazos y satisfecho con la oscuridad que lavaba manchas y arrugas tocó la puerta.

Sonó tan bajo y era tan dura la madera que el niño estuvo a punto de escapar corriendo ante un recién descubierto desconocimiento. Tal vez dentro vivieran ogros o guardias de negros bigotes y peor carácter. El niño rezó hasta donde se acordó un avemaría y un padre nuestro y reuniendo valor, con un ramalazo de viento, picó.

Guardó sus nerviosas manos a la espalda y estiró su mirada hasta que en ella brillaron las estrellas. Esperó. Y esperó aún más, hasta que cuando casi le vencía el desaliento la puerta realizó un amago de abrirse y al fin se abrió con un juramento.

– ¿Quién llama? ¿Quién? – dijo sin enfocar su vista en el niño.

– Era el viento, tonto – llegó desde dentro coreado de risas.

– ¡Es un niño! – dijo entre sorprendido y asustado.

– ¡¿Un niño?! – gritaron y después se callaron.

– Pasa, pasa – dijo el borracho con la timidez de mejillas vergonzosamente coloreadas.

– ¿Cierro la puerta? – pregunto el niño al tiempo que lo hacía.

– Cuidado. A veces se atasca – dijo muy bajito el borracho como si el niño corriese algún peligro.

– Vamos – dijo el niño guiando al borracho hacía la habitación donde nacían luz y risas.

– Es un niño – dijo nada más entrar señalándolo con un dedo de pan negro.

– ¿Un perro? – dijo uno de los borrachos decorando con vino de su jarra la mesa de la cocina.

– Es más un gato. Mírale que bigotes – dijo el que menos pelo tenía.

El niño se paso su camisa por su cara sin tiempo para buscar un trozo más limpio.

– ¡Pero si hasta se lava como los gatos!

– Nosotros no tenemos gato –intervino el borracho de su espalda.

– A madre no le gustaban – se entristeció el calvo.

– Sí, son un gasto. Solamente  se tumba al sol y hacen miau si le pisas la cola.

– ¿Puedo pasar aquí la noche? – preguntó el niño apoyándose ahora en un pie y luego en el otro.

– ¿Puede? – preguntó el primer borracho.

– No se… - se rascó la cabeza el calvo.

– A madre le gustaban los niños – los borrachos miraron la vieja mesa donde habían comido cada día de sus vidas.

– ¿Y donde duerme? – pregunto el calvo.

– Si casi no se sostiene. Démosle pan y queso y ¡vino! y ya veremos donde cae.

Y el niño recibió un pedazo de pan mucho más grande que sus manos dijo gracias y después de darle un bocado se acurrucó rodeado por los hermanos y se quedó dormido de cansancio con su pan bajo el brazo. 

jueves, 26 de marzo de 2026

El monstruo de los calcetines

Bajo la cama de un niño llamado Jorge, en la esquina más oscura, vivía un monstruo. Tenía la piel suave como el algodón, la boca desdentada y los ojos de botón. Le chiflaba comer calcetines, sobre todo viejos y sabrosos, pero era de estomago pequeño y tardaba semanas en digerirlos. No salía muy a menudo. Le tenía miedo a la luz, le tenía miedo a Jorge y le tenía miedo a los perros porque, aunque nunca los había visto, le habían dicho que mordían. No se lavaba la boca y su aliento olía fatal pero como nadie se lo decía no se daba cuenta. No tenía amigos. Sólo podía jugar a pillarse la cola, a dormir o a arrebujarse y pese a ser campeón mundial en esas disciplinas se aburría un montón.

Una calurosa noche de verano el monstruo descubrió que Jorge se había dejado los juguetes sin recoger, las zapatillas tiradas y un par de calcetines olvidados por el suelo. Al monstruo se le hizo la boca agua. Se movió pacientemente hasta alcanzarlos y, sin hacer ruido, empezó a zampárselos empezando por la punta que era la parte que más le gustaba. Justo cuando estaba en la parte más delicada pasó un atronador camión cerca de la casa.

Jorge se despertó sin saber cómo ni dónde ni cuándo y lo primero que vio fue al monstruo con su calcetín a medio tragar. Puso tal cara de susto que el monstruo se asustó todavía más y corrió a esconderse como una exhalación bajo la cama. Corrió con tanta prisa que el pobre se golpeó contra un pata. Aún así consiguió llegar hasta su esquina y apretujarse todo lo que pudo.

Al poco rato Jorge, armado con una linterna de explorador, asomó su cabeza y descubrió el trasero del monstruo temblando como si fuese de gelatina.

– Hola ¿Quién eres? – le preguntó Jorge.

El monstruo cerró sus ojos para que no le deslumbrase la luz y se preparó para lo peor.

– No voy a hacerte daño. Sólo quiero verte ¿Te molesta la luz? Mira, ya la apago – le dijo Jorge haciéndolo.

El monstruo abrió los ojos y se volvió levemente pero sin apartarse de su esquina.

– ¿Tienes hambre? Espera un momento.

El niño se fue y el monstruo respiró más tranquilo. Tal vez el niño fuera bueno. Por si acaso cuando regresó volvió a refugiarse en su esquina.

– Te he traído un cuadradito de chocolate.

El monstruo estuvo a punto de reírse, a él le gustaban los calcetines y nada más.

– No tengas miedo. Mira te lo dejo aquí. Puedes comértelo, está rico.

El monstruo pensó que el niño se estaba esforzando. Quizás sólo quería hacerse su amigo. Se acercó cautelosamente e hizo como si probase un poquito.

Jorge lo observó maravillado. Era algo único. Sus padres no le dejaban tener perro pero no le habían dicho nada de monstruos.

– No sé si me van a dejar quedarme contigo.

El monstruo le miró extrañado. Él se quedaba donde quería.

– ¿Me dejas acariciarte? – le preguntó Jorge porque muchos bichos no se dejan domesticar.

Al monstruo de los calcetines nunca le habían acariciado y tenía curiosidad por saber que se sentía así que le dejó. Le pareció agradable.

– Voy a encender la luz – le dijo Jorge.

Nada más oírlo el monstruo huyó bajo la cama.

– Pero si la luz no hace nada. Mira – le dijo apagándola y encendiéndola.

El monstruo siguió en su esquina.

– Vale. Vale. Sal, que no voy a encender la luz – le dijo Jorge sonriendo.

El monstruo salió pero dispuesto a volver a huir a la más mínima.

– Mira – le dijo Jorge y apuntando con la linterna al techo hizo giros y malabarismos con la luz.

El monstruo se quedó asombrado. La luz obedecía a su amigo.

– ¿Quieres hacerlo tú? Es como llevar un coche teledirigido.

El monstruo dudo pero tomó la linterna con su boca y jugó con ella. Iba por donde él quería. Entonces se dio cuenta de que ya no le tenía miedo.

– ¿De dónde vienes?

El monstruo había nacido en un desierto de arenas volcánicas bajo la tenue luz de dos lunas gemelas. Allí hacía mucho frío y tenía que escarbar profundos túneles para encontrar algo de calor. Por eso su mundo estaba tan lleno de agujeros como un queso gruyère.

– Bueno Me imaginó lo que va a decir mi madre al verte. Estás un poco sucio. Vas a tener que bañarte.

El monstruo no tenía ni la más remota idea de lo que era bañarse, por eso se asustó y agitó su cabeza con fuerza para decir que no.

– Pero si es muy divertido. Te dejaré mi patito de goma.

El patito resultó ser amarillo con un pico naranja. Hacía un ruido gracioso cuando lo apretabas pero el resto del tiempo estaba tranquilo. El niño llenó la bañera con un sólo dedo de agua templada y allí metió al monstruo. El agua se dejaba hacer olas con facilidad. Aquello empezó a gustarle y jugó con Jorge a salpicar. El monstruo descubrió que si golpeaba con su cola podía lograr que el agua llegase hasta el techo. Acabaron empapados pero bastante limpios y muy divertidos.

– Ahora hay que lavarse los dientes.

El monstruo abrió su boca negra como una cueva para que viera que no tenía ni un diente. Su aliento casi tiró a Jorge para atrás.

– Amigo. Vas a tener que usar un colutorio– le dijo Jorge con voz de doctor.

Al monstruo lo que fuera eso le sonó bastante mal. Apretó con fuerza la boca hasta hacer una linea tan fina que ni un hilo podría pasar.

– Vamos, tonto. Un colutorio es esto – le dijo Jorge echando en un vaso pequeño un líquido de color verde fluorescente.

– Es sólo para enjuagarse, no tienes que tragártelo – le dijo Jorge y se lo acerco a la nariz para que lo olíera.

– Pica un poquito pero te deja la boca relimpia. Yo te enseño – le dijo Jorge e hizo unas gárgaras para al final escupirlo en el lavabo.

El monstruo siguiendo su ejemplo se tomó el vaso de un trago, como lo haría un vaquero del oeste. Lo retuvo en su boca y le pareció que aquello no era tan difícil. Entonces lo agitó. Aquello picaba como la explosión de un millón de burbujas y estrellas. Se puso rojo y luego azul y luego verde y luego no aguantó más y lo escupió con todas sus fuerzas.

Entonces se abrió la puerta y apareció el padre de Jorge.

Estaba tan aplatanado como un zombie después de correr una maratón pero en cuanto vio todo el berenjenal que habían montado se le quitó el sueño de golpe y porrazo. El baño estaba hecho un desastre.

– ¡Jorge!

El monstruo de los calcetines intentó esconderse tras el pijama de Jorge pero no le dio tiempo.

– ¿Podemos quedárnoslo? Por favor. ¿Podemos? Es bueno y yo me ocuparé de cuidarlo. ¿Podemos? ¿Podemos?

El monstruo puso su mejor sonrisa. Le salía un poco torcida porque no gastaba espejos, pero era de verdad.

– Ya veremos mañana – les dijo el padre suspirando – Pero antes tenéis que recoger todo este lío que éstas no son horas.

– Vale – dijo Jorge y con ayuda del monstruo limpió el baño.

Tardaron pero lo lograron y al terminar se acostaron. Jorge le dejó un trozo de su cama al monstruo, que jamás había dormido en un lugar tan blandito, y ambos se quedaron fritos en un periquete.

A la mañana siguiente la madre de Jorge decidió que, si era responsable, el monstruo se podía quedar. Desde entonces la familia de Jorge tiene un nuevo miembro y ya saben que hacer con los calcetines viejos, se los come Bisbis que es el nombre le pusieron entre todos al monstruo de los calcetines.

jueves, 19 de marzo de 2026

EL MONO Y EL GUEPARDO

Esta es la historia de un mono y un guepardo que trabajaban en un circo ambulante. Para ganar dinero y tener su ración de comida, los dos animales atraían al público a su rincón, cada uno a su manera.

El guepardo decía: “¡Señoras y señores, hermoso público! Pasen y vean lo bonito que soy, con mi piel armónica en formas y colores. Admiren mis delicadas manchas, algo nunca visto antes”. La gente que pasaba admiraba su belleza unos segundos, pero seguía su camino una vez visto el precioso felino.

Mientras tanto, el mono exclamaba: “¡Señoras y señores, pasen y vean! La belleza que tiene mi amigo el leopardo, la tengo yo en mi mente. Véanme y no se aburrirán. Hago mil trucos, canto, bailo, brinco, juego con pelotas... ¡Y si no les gusta, les devuelvo su dinero!”. Al público le resultaba imposible resistirse a una invitación tan prometedora, así que el mono, gracias a su ingenio, conseguía todos los días muchas más monedas que el apuesto guepardo.

En conclusión, este pequeño cuento nos enseña que hay que saber apreciar el interior de las personas, su talento y su inteligencia porque, al final, resultan ser más importantes que la belleza.

lunes, 16 de marzo de 2026

El monje Panshan

El monje Panshan había viajado por numerosas ciudades observando la vida y había estudiado en numerosos templos. Comprendía las enseñanzas de sus maestros y siempre estaba dispuesto a escuchar. Sin embargo, no había alcanzado aún el satori, la iluminación.

Cuentan que un día, Panshan paseaba por el mercado buscando algunas cosas para el templo cuando pasó cerca de un puesto de carne en el que se exponía un gran jabalí asado. Varias personas esperaban su turno para comprar un poco de la sabrosa carne. Panshan se acercó y escuchó que uno de los clientes decía:

-Quisiera medio kilo de carne especial.

El carnicero tomó el cuchillo y, señalando con él hacia el animal, sonrió y dijo:

-En este jabalí, ¿qué corte no es especial?

Los clientes rieron, pero Panshan permaneció atónito, como golpeado por un rayo. En el camino haca el templo, cada árbol, cada flor, cada hombre y cada mujer brillaban con un hermoso resplandor. Al escuchar las palabras del carnicero, Panshan había alcanzado la iluminación.

lunes, 9 de marzo de 2026

El mensajero

Buah mamá, mira que lejos se puede ver.

 – Sí, las vistas hermosas son el más bello tesoro del viajero.

 – ¿Yo soy un viajero, mamá?

 – Claro que sí. Pero si sigues corriendo a mi alrededor te cansarás y tendré que volver a cargarte a la espalda.

 – ¡Así será más divertido!

 – Ahora te ríes pero cuando llegue la hora de repartir la comida me parece que mi parte será la más divertida.

 – Siempre lo es, porque eres mayor.

 – Ah, pero soy mayor porque soy la que más trabajo.

 – Entonces llévame una mijilla...

 – Vamos. Sube antes de que se me cansen los brazos.

 – ¡Yupi!

 – Eso...

 – Mamá, mamá. Viene un mensajero.

 – ¿Cómo lo sabes?

 – Allí, mamá. Allí se ven sus plumas blancas.

 – Pues vamos a dejarle paso...

 

 – ¡Nos ha sonreído!

 – Vaya. Era un buen mozo. Tomaremos un aperitivo en su puesto.

 – ¡Sí! Pero... No tendremos que darle mucho, ¿no?

 – No seas egoísta. Además seguro que su familia le ha preparado comida y tiene agua más fresca que nosotros y si no es así pues le habremos ayudado. Vamos, bájate.

 – Va muy deprisa.

 – Y volverá muy deprisa. Es su profesión.

 – Yo de mayor quiero ser mensajero.

 – Tienen que elegirte para eso. ¿Y porqué querrías serlo?

 – Para poder llevarte a ti cuando seas pequeña.