Los seres humanos somos criaturas olvidadizas: nos olvidamos de nuestras conexiones con lo divino y con los demás; olvidamos que la propia Tierra es un ser sagrado y que somos parte de él. Ante todo, nos olvidamos de nuestra santidad y de la santidad de toda vida, y así, nos olvidamos de tratarnos de acuerdo con ello.
Los ritos y las prácticas de la wicca son una manera de recordarnos eso. A través de sus instrumentos, su liturgia y su atmósfera, nos alejamos del árido materialismo del mundo moderno y reforzamos nuestra conexión con el espíritu. Nos colocamos en el centro del círculo, coronados por el humo del incienso y el amor de la divinidad y recordamos.
Una de las primeras cosas que aprendemos, o reaprendemos, es la noción de “espacio sagrado”. En la wicca hablamos del espacio sagrado en dos sentidos: nos referimos a la santidad de todo el espacio, de todo el mundo natural; y del espacio que consagramos a nuestros rituales y celebraciones. El primer sentido resulta difícil de comprender, por lo que creamos el segundo para demostrar que los dos son uno sólo. Existe, sin embargo, un tercer aspecto que la mayoría de nosotros tiende a pasar por alto, un tercer tipo de espacio sagrado: el nuestro propio.
En la cultura moderna no se nos enseña a considerar nuestro cuerpo como sagrado. Lo vemos como un proyecto en marcha, un enemigo, un obstáculo entre nosotros y nuestros deseos. Ya nadie es lo suficientemente delgado, bello o joven. Una industria multimillonaria alimenta la degradación del cuerpo en una mercancía que puede moldearse y modificarse como un puñado de barro. Nos inundan con imágenes del sueño imposible: la perfección física, algo improbable para casi todos, si exceptuamos un porcentaje minúsculo. Vivimos en la época de la mujer que parece un palo y del hombre con el cuerpo moldeado en el gimnasio.
El comercio tiene parte de culpa por esa actitud, pero su origen es más profundo, pues deriva de la forma en que percibimos el mundo. En las principales tradiciones religiosas a menudo se describe a Dios como un alfarero y al mundo como su vasija; Él le da forma, la hace girar, pero ésta es, en esencia, algo separado del Él. Históricamente, las religiones nos han dicho que nuestro cuerpo, al igual que sus necesidades engorrosas y terrenales, son algo que debemos trascender si hemos de alcanzar a Dios y, al mismo tiempo, nuestra cultura convierte la “perfección” de nuestro cuerpo en una obsesión. La mayoría de las personas están divididas en dos: el alma y el cuerpo. Y una y otro se miran con añoranza, desde la gran línea divisoria trazada por la represión y la privación.
Entonces surge una religión como la wicca, que pone patas arriba ese triste estado de cosas. La Diosa y el Dios son el universo, y existen tanto en su interior como más allá de él, y se manifiestan en cada partícula subatómica que gira alrededor de otra en el gran baile de la vida. El alfarero y la vasija son una sola cosa, por lo que debemos tratar la vasija con reverencia, no con desprecio. Desde esa perspectiva, ya no podemos disculpar la comercialización de lo que, para nosotros, es divino. El mundo físico es sagrado y bello. Eso incluye cada piedra, árbol, grillo, mono aullador, hoja de hierba, y hasta la última persona que lea estas palabras. Eso te incluye a ti.
El cuerpo es el don más precioso del Señor y la Señora. Sin él, no podríamos experimentar la vida; estaríamos privados de la gloria de la puesta del Sol, del sabor de la lluvia y del retumbar del trueno lejano. Casi todo lo que aprendemos, desde el nacimiento hasta la muerte, nos llega a través de los sentidos, y no de algún plano astral. Estamos hechos para alcanzar lo divino, no a pesar de lo físico, sino a través de lo físico. Nuestro cuerpo es un altar, un templo en sí mismo y de sí mismo, la combinación de los cuatro elementos infundidos con el espíritu.
Por supuesto, una cosa es decir que nuestros cuerpos son sagrados y otra muy distinta actuar en consecuencia. La mayoría de nosotros tratamos a nuestro cuerpo más como si fuera un parque de diversiones que un bosque sagrado; lo llenamos de comida basura y de sustancias químicas, circulamos con él sin proporcionarle suficiente descanso ni combustible, y lo empujamos a adoptar todo tipo de comportamientos de riesgo. ¿Cómo has cuidado de tu cuerpo últimamente? ¿Alimentas su llama sagrada, o haces de la noche día?
El cuerpo es un milagro viviente, millones de células en un concierto perfecto, cada una con su propia función, realizando un ballet con incontables operaciones por segundo. Tu cuerpo está impregnado por la esencia de la divinidad. La forma como lo tratas y lo alimentas es un reflejo de tu actitud hacia la naturaleza y hacia tus dioses.
Teniendo esto en mente, es parte de nuestro trabajo espiritual como seguidores de la wicca hacer las paces con ese animalito en que vivimos mientras dure nuestro paseo por la Tierra. Seguir un breve rito puede ayudarte a reivindicar la santidad de la piel en la que estás. Realízalo una vez, o llévalo a cabo siempre que lo necesites, y vuelve a conectarte a cada respiración con el espacio sagrado en que habitas.
Una afirmación de santidad
Lo único que necesitas para efectuar este rito es un frasco de aceite, de la fragancia que prefieras. La idea consiste en consagrarte a ti mismo como si fueras tu altar, así que, para empezar, báñate en agua caliente y con sales. Mientras lavas cada parte de tu cuerpo, imagínate que todos los sentimientos y las creencias negativas que has tenido con respecto a ella se disuelven en el agua. Fíjate sucesivamente en tu piel, tus músculos y huesos, y experimenta por un momento lo que siente tu cuerpo cuando lo maltratas y cuando lo tratas con reverencia. Medita brevemente acerca del trabajo que cada parte ha hecho por ti en esta vida. ¿Cuán lejos te han llevado tus pies? ¿Cuántos seres queridos se han recostado en tu hombro? ¿Cuántas canciones han pasado por tus labios?
Cuando hayas terminado, sécate y ponte delante de un espejo, preferentemente de cuerpo entero. Mira tu reflejo y recita:
Señora de la Luna, Señor de la Danza,
Que esculpiste la carne que uso en esta vida,
Dado que mis manos son tus manos
Y mi corazón, tu corazón,
Trae tu amor a este templo.
Atestigua esta bendición de mi cuerpo,
Préstame el valor de aceptarme tal como soy,
Y que tu presencia aquí pueda recordarme
Que yo soy tú,
Y que mi amor hacia ti es hacia mí y hacia todo lo que vive.
Bendito sea.
Una vez más, fíjate en las partes de tu cuerpo y úntalas con el aceite. Pronuncia en voz alta una afirmación de la santidad de cada parte del cuerpo, como por ejemplo: “Benditos son mis pies”. Puedes incluso extender la declaración para incluir atributos más específicos: “Benditos son mis pies, que caminan por el sendero de la verdad y la belleza”.
Hecho esto, tienes otras opciones. Puede que te sientas inspirado para bailar, ahondando aún más en la consciencia de tu cuerpo; es posible que te apetezca meditar, que la energía de la tierra suba hacia ti, o compartir la libación contigo y con los dioses. Haz lo que te sientas inclinado a hacer antes de agradecer al Señor y la Señora por su atención y terminar el rito. Lo importante es que, en los días siguientes, te vuelvas consciente de tu cuerpo en cuanto instrumento de curación y de cambios positivos en el mundo. El Dios y la Diosa se manifiestan a través de nosotros, y por lo tanto nuestro cuerpo es sagrado; recuérdalo cuando te encuentres con revistas repletas de supermodelos y de anuncios de píldoras para adelgazar. Recuérdalo cuando lleves la cabeza erguida, en lugar de dejar caer los hombros. Recuérdalo cuando te mires al espejo y verás la divinidad mirándote a ti.
Dianne Sylvan