A
lo largo de la historia, los humanos han intentado seguirle la pista
al tiempo. La magia de la medición del tiempo les ha permitido
contar edades, planificar vacaciones y determinar cuándo sembrar y
cuándo cosechar. Empezaron pronto; uno de los artefactos más
antiguos hallados es la Venus de Laussel, que sostiene un cuerno en
el que hay 13 líneas grabadas: el número de ciclos lunares en un
año solar. Con el tiempo, nuestros antepasados inventaron una serie
de calendarios basados en los ciclos importantes que se observan en
la naturaleza.
Los
calendarios puramente
lunares
miden sólo los ciclos de la Luna. Sus meses intentan sincronizarse
lo más exactamente posible con las fases de la Luna. Sus años,
normalmente compuestos de trece lunas o meses, no tienen relación
con el año solar. El calendario musulmán es un ejemplo de este
tipo.
Los
calendarios puramente
solares
miden únicamente los ciclos del Sol. Siguen el rastro de las
estaciones, que son el resultado de la inclinación del eje de la
Tierra y de su orientación cambiante hacia el Sol durante el curso
de su órbita anual. Cada año comienza en algún punto del ciclo
estacional, o cerca de él. Aunque el año puede estar formado por
meses, éstos tienen poca o ninguna semejanza con el ciclo lunar. El
calendario Gregoriano, o de la Era Cristiana, pertenece a este grupo.
Algunos
calendarios intentan equilibrar los dos ciclos principales, siguiendo
la pista del Sol y de la Luna. Esto rara vez funciona, porque ninguna
de las mediciones astrológicas de las rotaciones de las órbitas
(día sidéreo, día solar, mes sidéreo, mes sinódico, año sidéreo
y año tropical) son iguales ni se dividen unas con otras de forma
equivalente. Esto se convierte en un canje: una mayor exactitud en
algunas mediciones conlleva una menor exactitud en otras.
Los
calendarios lunisolares
son híbridos que miden el ciclo de las estaciones con mayor
exactitud que las fases de la Luna. Sus años encajan bien con las
estaciones y sus meses no encajan tan bien con las lunas. El
calendario Liberalia
Triday
es uno de estos híbridos. Por el contrario, los calendarios
solilunares
llevan un mejor registro del ciclo lunar que del ciclo solar. Sus
meses encajan de forma bastante exacta con las Lunas, mientras que
sus años no encajan de forma tan precisa con las estaciones. El
calendario chino, por ejemplo, pertenece a esta categoría.
Acerca
de los calendarios lunares
Algunos
expertos consideran que la veneración de la Luna y sus fases podría
remontarse a entre 60.000 y 70.000 años atrás, mientras que la
adoración del Sol y las estaciones se remonta sólo a unos 12.000
años atrás. La ventaja de usar a la Luna para llevar un registro
del tiempo es su velocidad: pasa por sus fases con la suficiente
rapidez como para que cualquiera lo perciba en cuestión de días. Su
aparente crecimiento y encogimiento sugiere su uso para hechizos de
requerimiento y destierro, y para la magia para la cacería y para la
cosecha.
Otra
ventaja es que la Luna se relaciona con la biología humana: el ciclo
menstrual se aproxima al de 29,5 días de la Luna. Esto la conecta
con la magia de las mujeres y la espiritualidad de la Diosa. La
mayoría de de las culturas representa a su deidad lunar como una
mujer, aunque hay unos pocos dioses lunares. Actualmente, muchas
asambleas de Brujas feministas cuentan el tiempo de acuerdo con la
Luna, nombrando entre doce y trece ciclos lunares al año; y hasta se
publican calendarios lunares.
La
desventaja de los calendarios lunares es que “van a paso de
tortuga” respecto a las estaciones, porque el número de ciclos
lunares no se reparte uniformemente en el año solar. Tampoco
coincide con el ciclo diurno y nocturno. Así que un calendario lunar
funciona bien para determinar las festividades de la Luna –los
esbats (celebración de la luna llena, suele ser una fiesta más
pequeña y menos ritualista que los sabbats pero es más solemne y
meditativa)
en
Luna llena o Luna nueva, por ejemplo-, o para actividades que
requieren luz u oscuridad por la noche. En cambio, no funciona para
determinar festividades anuales. Los meses salen de la fase
rápidamente y pasan por las estaciones. He aquí un repaso de
algunos calendarios lunares:
El
calendario Babilónico
estaba compuesto de doce meses lunares. Cada mes empezaba con la
observación de la nueva Luna creciente durante la puesta de Sol,
baja en el horizonte occidental. Este calendario, establecido en
algún momento antes del 2.000 a.C., se mantuvo hasta aproximadamente
el año 499 a.C., cuando surgió la regulación lunisolar.
El
calendario Hijri
(islámico) cuenta doce meses lunares, con un año de aproximadamente
354 días. Su primer año fue el de Hijra,
cuando Mahoma viajó desde la Meca hasta la Medina.
El
Calendario
Lunar
publicado por Luna Press utiliza un alfabeto arbóreo inspirado por
Robert Graves, representado en trece meses lunares. El calendario de
pared muestra cada lunación en su propia página, en un formato
único en espiral, ofreciendo una información detallada sobre la
Luna y otros sucesos astrológicos.
Acerca
de los calendarios solares
El
Sol gobierna las estaciones, así que siempre ha influido en la vida
humana, pero con la aparición de la agricultura su importancia
aumentó. Nuestros antepasados necesitaban calcular cuándo era mejor
sembrar y cuándo cosechar. La ventaja de un calendario solar es que
coincide con las estaciones. Además está vinculado a la biología
humana, aunque de una forma distinta a la Luna: los días más largos
y más cortos pueden afectar a los estados de ánimo de las personas.
El
calendario solar tiene la desventaja de seguir un ciclo largo y es
difícil observar cambios de un día a otro. Dado que el Sol tarda un
año en completar su curso, determinar las fechas exactas de cada
equinoccio y cada solsticio –y la verdadera duración de un año
solar- plantea un serio desafío. Echemos una mirad a algunos
calendarios solares:
El
calendario Baha’i
tiene un año de 365 días, con diecinueve meses de diecinueve días
cada uno, además de un período intercalado de cuatro a cinco días
(llamado Ayyam-i-Ha
o “Días de Dicha”). El año empieza en el equinoccio de
invierno. Como muchos calendarios paganos, cada día comienza al
ponerse el Sol del día solar anterior y finaliza con la puesta de
Sol del día solar actual.
En
la India se usa el calendario Bangla
(también conocido como Bengalí). El año tiene 365 días, con 12
meses de 30 o 31 días cada uno. Año Nuevo, o Polea
Baishakh,
es el primer día de Baishakh.
El
calendario Jalaali
(también conocido como iraní
o persa)
se basa en la observación astronómica, más que en unas reglas
arbitrarias. Cada año comienza en la medianoche más cercana al
equinoccio de invierno. Los doce meses tienen nombres persas; los
primeros seis meses tienen 31 días, los cinco siguientes 30 y el
último veintinueve o treinta días. Es un calendario particularmente
preciso.
En
Kerala, un estado al sur de la India, se usa el calendario Malayalam.
Sus doce meses llevan los nombres de las constelaciones en las que el
Sol aparece durante ese período. Por ejemplo, Leo se relaciona con
el mes Chingom
(de la palabra simham,
que quiere decir “león”).
Los
desafíos de llevar la cuenta del tiempo
La
necesidad de tener un calendario preciso es crucial; las sociedades
han dedicado milenios a la consecución de este objetivo. ¡Pero el
universo ha conspirado contra ello! La mayoría de los calendarios
están relacionados con los principales ciclos astronómicos, pero
los ciclos no son completamente iguales. El día sidéreo mide cuánto
tarda la Tierra en hacer una rotación completa: 23 horas, 56 minutos
y 4,091 segundos. Un día solar mide cuánto tarda el Sol en
atravesar el meridiano local y volver a cruzarlo, es decir, va de
mediodía a mediodía. Sin embargo, debido a la órbita elíptica de
la Tierra y a su inclinación axial, la duración de un día solar
varía a lo largo del año; la duración promedio es de 24 horas. Un
mes sidéreo mide cuánto tiempo tarda la Luna en dar una vuelta
alrededor de la Tierra: 27 días, 7 horas y 43 minutos. Puesto que la
Luna orbita a una Tierra en movimiento, debe viajar un poco más de
360º para ir de una Luna llena a la siguiente. Por lo tanto, un mes
sinódico (es decir, un mes lunar) es más largo: 29 días, 12 horas
y 44 minutos. Un año sidéreo mide cuánto tarda la Tierra en dar
una vuelta alrededor del Sol: 365 días, 6 horas, 9 minutos y 9,5
segundos. Sin embargo, debido a la precesión de los equinoccios, el
año sidéreo no lleva el paso de las estaciones. Un año tropical
mide el tiempo entre dos equinoccios de invierno sucesivos: 365 días,
5 horas, 48 minutos y 46 segundos. Esto da las bases para el año que
se usa en el calendario gregoriano.
Estas
discrepancias hacen que los calendarios lunares sigan correctamente
la pista de la actividad lunar y de modo deficiente la de la
actividad solar, mientras que los calendarios solares siguen
correctamente la pista del Sol y las estaciones pero deficientemente
la de la Luna. Los calendarios solilunar y lunisolar realizan una
labor moderada de seguirles la pista a ambos astros, y no es ninguna
sorpresa que algunos apuntadores del tiempo se hayan llevado las
manos a la cabeza desesperados y hayan creado sistemas
independientes. Cuando nuestra comprensión de la ciencia del
calendario maduró, aprendimos a usar “días bisiestos” y
“períodos intercalarios” para ajustar esas diferencias,
manteniendo a los meses y a los años sincronizados de forma más
precisa. Por eso, los calendarios más sofisticados tienen números
variables.
La
búsqueda de un mecanismo perfecto nos llevó a un método para
llevar la cuenta del tiempo ¡que ha demostrado ser demasiado preciso
para nuestras necesidades! Los relojes atómicos basados en las
oscilaciones de los átomos de cesio son precisos a una billonésima
parte de segundo por año. Dado que nos encontramos en un planeta que
oscila, se agita y se retrasa en su camino a través del espacio,
necesitamos llevar la cuenta del tiempo que se relaciona con él.
Esta Tierra no puede seguir el ritmo del reloj atómico, así que
volvemos a usar “segundos bisiestos” para volver a calibrar el
reloj maestro, para que no deje de estar sincronizado con el tiempo
terrestre.
Quizá
cuando colonicemos el espacio estaremos preparados para el tiempo
atómico perfecto, pero de momento seguimos contando los calendarios
de acuerdo con la Luna que sale, el Sol que se pone y los demás
marcadores transmitidos por nuestros ancestros.
Elizabeth
Barrette