En
las afueras del pueblo la luz se diluía sobre los campos aliviados
por la noche dejando ver ejércitos de mosquitos de corta vida en
busca de algún remedo del sol en la promesa de la luna. El camino
había calmado su polvo y grillos y gamusinos se peleaban por el
silencio entre el crujir de las estrellas. El niño no podía apartar
su mirada del pueblo. Tan grande le parecía que el mundo se le hizo
más pequeño pues no llevaba ni tres días de marcha y ya había
alcanzado el origen de todas sus historias. Tenían miedo sus cortos
pasos bajo las casas de palaciego recortarse. No podía imaginar las
montañas de barro y piedra necesarias para levantar aquellos
castillos de más de dos pisos de altura. Algunas incluso tenían las
paredes teñidas de blanco e inmensas puertas de madera de las que ni
el más feroz de los vientos arrancaría un quejido.
El
niño se decidió por una baja ventana de cortinas floreadas de la
que partían risas y voces descarnadas. Se limpió sus pies descalzos
a un pantalón que se confundía con un trapo. Aplastó la rebeldía
de sus cabellos con un par de dictatoriales manotazos y satisfecho
con la oscuridad que lavaba manchas y arrugas tocó la puerta.
Sonó
tan bajo y era tan dura la madera que el niño estuvo a punto de
escapar corriendo ante un recién descubierto desconocimiento. Tal
vez dentro vivieran ogros o guardias de negros bigotes y peor
carácter. El niño rezó hasta donde se acordó un avemaría y un
padre nuestro y reuniendo valor, con un ramalazo de viento, picó.
Guardó
sus nerviosas manos a la espalda y estiró su mirada hasta que en
ella brillaron las estrellas. Esperó. Y esperó aún más, hasta que
cuando casi le vencía el desaliento la puerta realizó un amago de
abrirse y al fin se abrió con un juramento.
–
¿Quién llama? ¿Quién? – dijo sin enfocar su vista en el niño.
–
Era el viento, tonto – llegó desde dentro coreado de risas.
–
¡Es un niño! – dijo entre sorprendido y asustado.
–
¡¿Un niño?! – gritaron y después se callaron.
–
Pasa, pasa – dijo el borracho con la timidez de mejillas
vergonzosamente coloreadas.
–
¿Cierro la puerta? – pregunto el niño al tiempo que lo hacía.
–
Cuidado. A veces se atasca – dijo muy bajito el borracho como si el
niño corriese algún peligro.
–
Vamos – dijo el niño guiando al borracho hacía la habitación
donde nacían luz y risas.
–
Es un niño – dijo nada más entrar señalándolo con un dedo de
pan negro.
–
¿Un perro? – dijo uno de los borrachos decorando con vino de su
jarra la mesa de la cocina.
–
Es más un gato. Mírale que bigotes – dijo el que menos pelo
tenía.
El
niño se paso su camisa por su cara sin tiempo para buscar un trozo
más limpio.
–
¡Pero si hasta se lava como los gatos!
–
Nosotros no tenemos gato –intervino el borracho de su espalda.
–
A madre no le gustaban – se entristeció el calvo.
–
Sí, son un gasto. Solamente se tumba al sol y hacen miau si le
pisas la cola.
–
¿Puedo pasar aquí la noche? – preguntó el niño apoyándose
ahora en un pie y luego en el otro.
–
¿Puede? – preguntó el primer borracho.
–
No se… - se rascó la cabeza el calvo.
–
A madre le gustaban los niños – los borrachos miraron la vieja
mesa donde habían comido cada día de sus vidas.
–
¿Y donde duerme? – pregunto el calvo.
–
Si casi no se sostiene. Démosle pan y queso y ¡vino! y ya veremos
donde cae.
Y
el niño recibió un pedazo de pan mucho más grande que sus manos
dijo gracias y después de darle un bocado se acurrucó rodeado por
los hermanos y se quedó dormido de cansancio con su pan bajo el
brazo.