miércoles, 15 de abril de 2026

EL OJO

Dijo un día el ojo a sus compañeros:

-Veo más allá de esos valles una montaña envuelta en nubes. ¡Que montaña más solemne!

-¿Dónde está esa montaña que tú ves? –Interrogó el oído, después de haber escuchado las palabras del ojo-; yo no oigo su voz.

-En vano pretendo sentirla –adujo la mano-. Allí no hay montaña alguna.

-Nosotros no podemos comprender –objetaron las narices- cómo puede existir esa montaña sin que nosotras aspiremos su perfume. Por tanto, no hay tal cosa.

Miró el ojo hacia el otro lado del cielo, riéndose dentro de sí, mientras los demás sentidos fueron a reunirse en un conciliábulo, deliberando sobre el motivo que indujo al ojo a tamaño desvarío. Después de una minuciosa investigación, llegaron por unanimidad a esta conclusión:

El ojo, sin duda, ha perdido el juicio.”

Khalil Gibran

martes, 14 de abril de 2026

EL NOMBRE DE JEHOVA

El nombre de Jehová está formado por 4 letras hebraicas: Yod-He-Vav-He, y no solamente es el nombre de una divinidad, sino que expresa una ley cósmica que todos debemos respetar si queremos que las cosas nos funcionen.

            El Yod representa las semillas, sin las cuales nada puede crecer y desarrollarse. El He representa la tierra en la que las semillas deben enraizarse. El Vav representa el funcionamiento de lo plantado. Y el segundo He representa el futuro. El nombre nos dice algo que los campesinos entienden perfectamente, que para obtener el fruto es preciso plantar el árbol y esperar a que florezca. Pero este enunciado tan simple no suele ser entendido por el hombre en su comportamiento ordinario y muchos son los que esperan el fruto sin haber plantado aquello que debe darlo, o quieren obtenerlo sin esperar a que el tiempo realice su obra. Los que así proceden actúan como si no supieran pronunciar el nombre de Jehová; se comen las letras al saltarse las etapas. O bien no pronuncian el Yod, es decir, no plantan las semillas; o no pronuncian el He, es decir, abandonan el proyecto después de haberlo plantado y cultivado. No se trata, pues, de poder pronunciar un nombre, que esto está al alcance de todos, sino que en el proceder diario no se respetan las leyes que este nombre encierra. Este nombre debe ser pronunciado, no con la boca, sino con la actitud en la vida ordinaria.

sábado, 11 de abril de 2026

El niño y los borrachos

En las afueras del pueblo la luz se diluía sobre los campos aliviados por la noche dejando ver ejércitos de mosquitos de corta vida en busca de algún remedo del sol en la promesa de la luna. El camino había calmado su polvo y grillos y gamusinos se peleaban por el silencio entre el crujir de las estrellas. El niño no podía apartar su mirada del pueblo. Tan grande le parecía que el mundo se le hizo más pequeño pues no llevaba ni tres días de marcha y ya había alcanzado el origen de todas sus historias. Tenían miedo sus cortos pasos bajo las casas de palaciego recortarse. No podía imaginar las montañas de barro y piedra necesarias para levantar aquellos castillos de más de dos pisos de altura. Algunas incluso tenían las paredes teñidas de blanco e inmensas puertas de madera de las que ni el más feroz de los vientos arrancaría un quejido.

El niño se decidió por una baja ventana de cortinas floreadas de la que partían risas y voces descarnadas. Se limpió sus pies descalzos a un pantalón que se confundía con un trapo. Aplastó la rebeldía de sus cabellos con un par de dictatoriales manotazos y satisfecho con la oscuridad que lavaba manchas y arrugas tocó la puerta.

Sonó tan bajo y era tan dura la madera que el niño estuvo a punto de escapar corriendo ante un recién descubierto desconocimiento. Tal vez dentro vivieran ogros o guardias de negros bigotes y peor carácter. El niño rezó hasta donde se acordó un avemaría y un padre nuestro y reuniendo valor, con un ramalazo de viento, picó.

Guardó sus nerviosas manos a la espalda y estiró su mirada hasta que en ella brillaron las estrellas. Esperó. Y esperó aún más, hasta que cuando casi le vencía el desaliento la puerta realizó un amago de abrirse y al fin se abrió con un juramento.

– ¿Quién llama? ¿Quién? – dijo sin enfocar su vista en el niño.

– Era el viento, tonto – llegó desde dentro coreado de risas.

– ¡Es un niño! – dijo entre sorprendido y asustado.

– ¡¿Un niño?! – gritaron y después se callaron.

– Pasa, pasa – dijo el borracho con la timidez de mejillas vergonzosamente coloreadas.

– ¿Cierro la puerta? – pregunto el niño al tiempo que lo hacía.

– Cuidado. A veces se atasca – dijo muy bajito el borracho como si el niño corriese algún peligro.

– Vamos – dijo el niño guiando al borracho hacía la habitación donde nacían luz y risas.

– Es un niño – dijo nada más entrar señalándolo con un dedo de pan negro.

– ¿Un perro? – dijo uno de los borrachos decorando con vino de su jarra la mesa de la cocina.

– Es más un gato. Mírale que bigotes – dijo el que menos pelo tenía.

El niño se paso su camisa por su cara sin tiempo para buscar un trozo más limpio.

– ¡Pero si hasta se lava como los gatos!

– Nosotros no tenemos gato –intervino el borracho de su espalda.

– A madre no le gustaban – se entristeció el calvo.

– Sí, son un gasto. Solamente  se tumba al sol y hacen miau si le pisas la cola.

– ¿Puedo pasar aquí la noche? – preguntó el niño apoyándose ahora en un pie y luego en el otro.

– ¿Puede? – preguntó el primer borracho.

– No se… - se rascó la cabeza el calvo.

– A madre le gustaban los niños – los borrachos miraron la vieja mesa donde habían comido cada día de sus vidas.

– ¿Y donde duerme? – pregunto el calvo.

– Si casi no se sostiene. Démosle pan y queso y ¡vino! y ya veremos donde cae.

Y el niño recibió un pedazo de pan mucho más grande que sus manos dijo gracias y después de darle un bocado se acurrucó rodeado por los hermanos y se quedó dormido de cansancio con su pan bajo el brazo. 

martes, 7 de abril de 2026