La quema de resina de mirra induce a la sanación y a la espiritualidad.
Avalon
sábado, 25 de abril de 2026
viernes, 24 de abril de 2026
jueves, 23 de abril de 2026
EL PATO Y LA LUNA
Un pato hambriento nadaba por el río en busca de peces, pero fueron pasando las horas y no había forma de dar con ninguno.
Armado de paciencia, decidió esperar a que oscureciera a ver si mejoraba su suerte y sucedió que, nada más entrar la noche, vio el reflejo de la luna en el agua. En ese momento pensó que, por fin, era un pez y se sumergió con celeridad para capturarlo.
Los patos que estaban a su alrededor vieron lo que éste acababa de hacer y empezaron a reírse y a burlarse de su compañero sin medida, algo por lo que sintió gran vergüenza y tristeza. No entendía por qué, los que había considerado amigos se comportaban con él de ese modo.
Desde entonces, el pato sintió tanto apuro y timidez que, incluso cuando estaba cien por cien seguro de que veía un pez bajo el agua, no hacía nada para capturarlo. De este modo, sin comida que llevarse al pico, acabó muriéndose de hambre.
Este breve cuento del escritor ruso León Tolstoi nos habla de las nefastas consecuencias del acoso, de cómo las opiniones y las acciones de los demás nos pueden llegar a hacer un daño irreparable.
miércoles, 22 de abril de 2026
El palacio flotante
Una radiante mañana el maharajá de Udaipur decidió que estaría muy bien tener un palacio en el cielo. Lo primero que hizo fue convocar a los mejores pilotos de cometas y desafiarles a pescar una nube sobre la que poder sostener su sueño. También llamó a los mejores cocineros del mundo para que lograsen un material tan ligero como su aliento con el que construir el palacio más bello del mundo
Allí acudieron todos. Los cocineros con un dulce ladrillo blanco hecho de aire y fino azúcar y los pilotos, tras investigar las técnicas de los pescadores, con la idea de usar agua como cebo para que si la nube no quedaba engatusada por la danza de sus cometas lo hiciese al probarla. Trajeron agua bendecida por hombres santos, agua de la nieve del Everest, del rocío de Kalimpong y de la lluvia de Gangotri, agua de los más recónditos manantiales y los más exóticos ríos, con ella empapaban sus cometas antes de echarlas a volar.
El maharajá fue inasible por las dificultades. Sus consejeros le dijeron que a su palacio se lo llevaría el viento y a él se le ocurrió ponerle timón, vela y ancla. Le dijeron que él mismo no podría sostenerse sobre la nube y consiguió que le hicieran unos zapatos flotantes. Eran ridículamente grandes, confeccionados con seda de araña y nubes de vapor de tetera y al más mínimo desequilibrio le hacían quedar colgando bocabajo mientras se le caía cuanto llevase encima. Tardó en acostumbrarse pero al final, salvo por algunos problemas de frenado, se deslizaba por los pasillos con gran habilidad.
Así siguieron sus planes. Los pasteleros moldearon elefantes de mirada sabia y columnas tan profusamente decoradas que cada una parecía un pequeño jardín. Los pilotos de cometas desplegaron un asombroso festival de colores y movimiento por todo el cielo. Al atardecer, cuando aflojaba el calor, los niños de la ciudad se añadían al espectáculo con sus cometas caseras. No sólo lo hacían por la recompensa del maharajá, que hubiese cambiado sus vidas, sino también por la sensación de libertad que tenían en cuanto se tensaban los hilos. Era maravilloso que algo tan sencillo y pequeño pudiese llegar tan lejos. Fue uno de esos niños el que consiguió pescar a la nube. Su padre había construido su cometa de papel y su madre le había puesto una gota de perfume. Él volaba su cometa imitando a los pájaros de humilde nombre e intensa alegría que cuando un viento, que llevaba un rato encaprichado con sus cabellos, decidió llevarse su cometa a lo más alto. Tan alto que al niño se le acabó el hilo y tuvo que pedirle a un amigo. Tan alto que se perdió de vista y pareció que ya no regresaría pero cuando lo hizo trajo consigo una rolliza y hermosa nube. Tendríais que haberle visto volver a su casa con la nube siguiéndole al final de su cometa y una multitud rodeándole. Tendríais que haber visto la cara que puso su madre.
El maharajá nombró al niño piloto de cometas real y antes de que la nube se aburriese y se marchase logró que bajase lo suficiente para tender sobre ella una inmensa y suave sabana de seda. Un centenar de hombres la retuvieron mientras el maestro ingeniero colocaba y pegaba con jarabe de azúcar las piezas del gran puzzle en que los cocineros habían dividido el palacio. Pesaban tan poco que en sólo dos días estuvieron dispuestas y el maharajá pudo ver como desde las ventanas de su habitación bajo la gran cúpula central su reino abarcaba el horizonte.
Construyó una escalera de flores al lado de su lago favorito y allí ancló su palacio flotante. Era tal su belleza que la gente madrugaba para contemplar como se teñía de un delicado naranja con la primera luz del sol y el maharajá salía a saludarles un poco inconscientemente. Al anochecer encendía velas de ceniza y azúcar y el palacio parecía hundirse en el cielo. Los viajeros decían al regresar a su hogar que habían visto una maravilla y los habitantes de Udaipur sentían el orgullo de saberla suya.
Llegó la época del monzón. La nube se mantuvo un rato enroscándose sobre si misma pero finalmente no pudo aguantarse las ganas y empezó a llover sobre el lago. El maharajá apenas tuvo tiempo de escapar por la escalera y contemplar como el palacio se iba deshaciendo lentamente en las tranquilas aguas del lago. Ninguno de sus consejeros consiguió separarlo de la orilla desde donde lloró amargamente su sueño perdido. Lo logró una familia que se sentó a comer cerca de donde él estaba. Bebieron agua del lago tomándola con deleite y sonrisa. La felicidad que reflejaban sus rostros conmovió al maharajá, que probó el agua y notó su dulzura a pesar de todas sus lágrimas. En aquel momento decidió construir un nuevo palacio sobre el lago, está vez de piedra. Aún hoy se puede ver en Udaipur y, aunque el agua ya no es tan dulce como entonces, hay familias que acuden a comer al lago y cuentan la historia del palacio flotante.
martes, 21 de abril de 2026
LA LIBERTAD
"¿Qué es mamá, la libertad?, me preguntaste.
La libertad, Verónica, la tan nombrada, la cantada despacio y a gritos, la de alas desplegadas y el espacio interminable por delante.
La libertad...
Y me quedé pensando (...)
La libertad es una cama caliente cuando hace frío.
Y el pan desmigándose sobre el vestido limpio. Es que llueva y nos mojemos si queremos mojarnos, pero si no queremos..., un buen techo, un buen suelo...
Elegir..., pero no solamente en lo abstracto, en lo ideal.
Elegir
en la cosa cotidiana, eso pequeño y obvio que no tiene la dimensión
mágica de la paloma, la rama de olivo y el laurel.
La
libertad del niño que elige entre un zapato y una zapatilla, entre
un caramelo y un chocolatín.
La libertad de la mujer que elige entre un hospital que queda cerca y otro que queda lejos... y en los dos hay algodón, y alcohol, y sábanas lavadas, no solamente la buena voluntad del médico, no solamente el humanitarismo de quien juró salvar vidas.
La libertad del hombre para usar las horas que le sobran después del trabajo..., en vez de buscar un nuevo trabajo, una nueva obligación..., porque si no, el salario no alcanza.
Cuando yo era pequeña como tú, la palabra libertad me llegaba envuelta en la bandera, sacudida por altísimas notas de pífanos y redobles sonoros de tambores.
Era, más que una verdad, una estatua.
Entonces..., yo creía más en los mapas que en el mundo: países pintados de celeste, de verde, de amarillo, ríos azules y montañas pardas..., puntitos para separar las provincias y anchas líneas para separar los países...
El mundo era un montón de casilleros, cada cual con sus hombres que no podían mezclarse ni juntarse con los otros.
La libertad era cuidar su propio casillero.
Pero
después conocí el mundo, y no encontré gruesas rayas ni puntos
suspensivos trazados en la tierra, señalando los límites.
Pero
después conocí hombres de distintos lugares, sabes, Verónica, y no
tenían señales que los diferenciaran... y todos querían lo mismo:
bienestar para ellos y sus hijos.
Y querían vivir.
Vivir, eso tan simple, eso a lo que tenemos derecho..., y que a tantos se les termina por falta de remedios, o por falta de techo, o por falta de pan.
Por
eso mi libertad ha echado sus palomas al viento, y ha puesto los
laureles, los mirtos y las ramas de olivo en un sencillo florero de
la casa.
Porque
si está limitada por un chico que muere injustamente por falta de
las cosas esenciales, si está limitada por un chico que vende flores
a la noche o lustra zapatos, o extiende su mano pidiendo... mi
libertad no sirve para nada.
Y
la cedo a cambio de cualquier rigor que nos obligue a todos a mirar
hacia los desposeídos, los desheredados, los dolientes.
La
libertad de hacer crujir el pan, y de abrazarte, porque este abrazo
entre un hijo y una madre, apretado y caliente, es el verdadero
nombre de la libertad que debemos rescatar para el mundo."
Poldy Bird, El País de la Infancia