Un
hombre iba paseando por un frondoso bosque cuando, de pronto, escuchó
los gritos y lloros de un niño pequeño.
Llevado
por la curiosidad, se puso rápidamente a buscar la procedencia de
ese llanto desesperado. Pasados unos minutos fue a parar a la orilla
de un río, donde vio a otro hombre tratando de arrojar a un niño al
agua.
-¡Deténgase,
señor! ¿Se puede saber por qué quiere tirar a la criatura al río?
-preguntó sorprendido-. ¿No ve que el pequeño está aterrorizado?
-Pero
¿cómo va a estar aterrorizado si su padre es un excelente nadador?,
respondió el hombre mientras seguía sujetando al niño, que no
dejaba de llorar, por las piernas.
El
paseante, incapaz de creer lo que acababa de oír, gritó sin poder
salir de su incredulidad:
-Pero,
buen hombre, por mucho que el padre sea un excelente nadador no
significa que su hijo también lo sea-. Y se marchó del lugar
llevándose las manos a la cabeza.
Esta
fábula nos recuerda que nadie nace sabiendo. Todo precisa un
aprendizaje, y hay cosas que sólo se consiguen con esfuerzo y
perseverancia aunque, al principio, nos dé miedo y lloremos, como le
pasaba al niño de la historia.