jueves, 6 de agosto de 2026

El puente

Los coches fluyen deprisa, sin empujarse unos a otros, pulidos por una luna en vela que les dota de cierta descuidada juventud. Al final del día su rumor constante recuerda al del mar con esas largas olas que emborrachan y apuran canciones. El semáforo cambia a rojo y todos se detienen detrás de la línea. Van casi vacíos, con el conductor al borde de la radio y las luces sin soltar su volante.

Un hombre vestido de blanco con estrellas negras cruza al otro lado de la calle y después, como si se lo hubiese pensado mejor, se vuelve hacia los coches y los mira con curiosidad. Sonríe desde la punta de sus pies hasta el brillo de sus ojos. Sonríe profundamente, como si su piel fuera más de agua que de barro.

 - ¡Buen día, señor! ¿Un pañuelo, una botella?

Ofrece sus desbordantes manos con suavidad, abriendo su mirada y avivándola con el más leve de los gestos. Lee en un instante un día que casi ha pasado, una vida entre pesada y feliz, una cerveza, un beso al llegar a casa.

A veces acuden a su memoria trajes más floridos, atardeceres anaranjados, los colores planos de un rayado televisor, corros de niños, el chiste del Mr. Biggs y las bananas verdes picantes.

- ¡Hola señor!

Es lunes y casi todas las ventanillas están cerradas a conciencia. Los sábados se pueden hacer hasta amigos, es un buen día para estrechar manos y escuchar historias.

Justo antes de que el semáforo termine su cuenta regresa a su lado. El puente está a resguardo de las sombras de los desproporcionadamente altos edificios. Pasan más coches que personas y estas son algo fantasmales.  No se las ve llevar comida y tampoco mucha carga. Se juntan pero no se tocan. Caminan en línea recta siguiendo unas escrupulosas aceras sin un papel que las de un trocito de vida.  

Una niña con unas gafas enormes mira al hombre como si acabase de descubrir un nuevo mundo. Luego cruza confiando sus pasos a los tirones de su madre mientras él saluda y piensa en que tal le irán las cosas a Alika.

 - ¡Buen día señor! ¿Le interesa agua o unos pañuelos?

Realiza un pequeño malabarismo con cada moneda que le entregan. Deja que recorra su mano, la lanza a dar vueltas en el aire y consigue que caiga en un bolsillo. El juego se ha ido volviendo más complejo y ahora podría bailar durante un buen rato entretejiendo trucos.

-¡Hay unas nubes maravillosas!

A veces llueve, pero con suavidad, sin que el cielo llegue a caerse y las gotas son más semillas que frutas maduras. El viento resbala sobre su gorro, regalo de un marinero. Cuando hace frío se encoje y estira y baila sobre un sólo pie para espantarlo. Cuando hace calor canta esa música que se funde con el cuerpo y te lleva sin hilos.

- ¡Buen día, señor! ¿Le interesa agua o unos pañuelos?

Los compra en la tienda de un amigo, un poco serio pero con un bigote gracioso. Le gustaría trabajar como dependiente, sabe que es un poco alto pero lo compensa con simpatía.

- ¡Hola!  ¿Un pañuelo?

- Dame uno que no me vendría mal llorar.

- ¿Le ha pasado algo?

- ¡Qué no me ha pasado! El cabrón de mi jefe ha decidido ponerse quisquilloso con  la normativa.

- Los lunes no son un buen día.

- Sí, pero cuando se dé cuenta de lo que está montando no creas tú que tratará de arreglarlo. No. Se sentará en su despacho a jugar solitarios en el ordenador. Aquí tienes amigo.

- Muchas gracias. Mañana será distinto. Tendremos Sol.

- Esperemos.

La noche se extiende pero ya hace rato que la ciudad se ha encendido y las estrellas se colaron por su agujereado paraguas. El hombre reza en agradecimiento por el día pasado. El viento sopla pero no cambiará el curso del río y así no hay mosquitos. Al fin y al cabo la vida es fácil, es el único camino.

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