– Buah mamá, mira que lejos se puede ver.
– Sí, las vistas hermosas son el más bello tesoro del viajero.
– ¿Yo soy un viajero, mamá?
– Claro que sí. Pero si sigues corriendo a mi alrededor te cansarás y tendré que volver a cargarte a la espalda.
– ¡Así será más divertido!
– Ahora te ríes pero cuando llegue la hora de repartir la comida me parece que mi parte será la más divertida.
– Siempre lo es, porque eres mayor.
– Ah, pero soy mayor porque soy la que más trabajo.
– Entonces llévame una mijilla...
– Vamos. Sube antes de que se me cansen los brazos.
– ¡Yupi!
– Eso...
– Mamá, mamá. Viene un mensajero.
– ¿Cómo lo sabes?
– Allí, mamá. Allí se ven sus plumas blancas.
– Pues vamos a dejarle paso...
– ¡Nos ha sonreído!
– Vaya. Era un buen mozo. Tomaremos un aperitivo en su puesto.
– ¡Sí! Pero... No tendremos que darle mucho, ¿no?
– No seas egoísta. Además seguro que su familia le ha preparado comida y tiene agua más fresca que nosotros y si no es así pues le habremos ayudado. Vamos, bájate.
– Va muy deprisa.
– Y volverá muy deprisa. Es su profesión.
– Yo de mayor quiero ser mensajero.
– Tienen que elegirte para eso. ¿Y porqué querrías serlo?
– Para poder llevarte a ti cuando seas pequeña.
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