– La luz es mas bonita entre la niebla – dijo el hombre sentado en el banco como si tuviera una herida en la espalda.
– Estás ridículo. Aquí hay más contaminación que niebla – escupió su compañero alerta a la oscuridad del parque.
– Es el precio del desequilibrio del progreso.
– Deberías dejar de gastar tu cerebro en cosas como esa.
– Por lo menos tengo más frases que pronunciar que tú. Toda tu opinión se reduce a los últimos cinco minutos del telediario.
– Déjalo. Sólo estoy discutiendo por pasar el rato.
La niebla se arremolino en torno a los dos hombres, volviendo su mirada inquieta, haciendo aparecer la primera duda.
– ¿Vendrá?
– Nos dio su palabra y sé la zona por la que se mueve.
– Puedes haber entendido lo que él ha querido.
– Déjate de tonterías. Sabemos lo que tenemos que hacer tanto si viene como si no.
– Ya, pero no me hacen ninguna gracia las consecuencias de su ausencia.
La niebla se enrosco entre sus piernas difuminando la punta de sus zapatos reforzados.
– Esta niebla es demasiado espesa.
– Pues no te quejes a mí. Dale una patada.
– Ja. Ha pasado demasiado tiempo. No va a venir.
– Nos iremos cuando llegue él y terminemos nuestro negocio.
La niebla se pegaba a su piel, se unía a su respiración.
– Oye. Ya no veo nada.
– Pues dame la mano, chico.
– ¡Es suficiente! Yo me largo
La niebla adquirió la consistencia de una sabana en el frío viento anterior al amanecer.
– Vale. Nos vamos.
– No puedo ver nada.
– Ya lo veo. Sólo vayámonos.
– Dame la mano.
– Vale.
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