jueves, 26 de marzo de 2026

El monstruo de los calcetines

Bajo la cama de un niño llamado Jorge, en la esquina más oscura, vivía un monstruo. Tenía la piel suave como el algodón, la boca desdentada y los ojos de botón. Le chiflaba comer calcetines, sobre todo viejos y sabrosos, pero era de estomago pequeño y tardaba semanas en digerirlos. No salía muy a menudo. Le tenía miedo a la luz, le tenía miedo a Jorge y le tenía miedo a los perros porque, aunque nunca los había visto, le habían dicho que mordían. No se lavaba la boca y su aliento olía fatal pero como nadie se lo decía no se daba cuenta. No tenía amigos. Sólo podía jugar a pillarse la cola, a dormir o a arrebujarse y pese a ser campeón mundial en esas disciplinas se aburría un montón.

Una calurosa noche de verano el monstruo descubrió que Jorge se había dejado los juguetes sin recoger, las zapatillas tiradas y un par de calcetines olvidados por el suelo. Al monstruo se le hizo la boca agua. Se movió pacientemente hasta alcanzarlos y, sin hacer ruido, empezó a zampárselos empezando por la punta que era la parte que más le gustaba. Justo cuando estaba en la parte más delicada pasó un atronador camión cerca de la casa.

Jorge se despertó sin saber cómo ni dónde ni cuándo y lo primero que vio fue al monstruo con su calcetín a medio tragar. Puso tal cara de susto que el monstruo se asustó todavía más y corrió a esconderse como una exhalación bajo la cama. Corrió con tanta prisa que el pobre se golpeó contra un pata. Aún así consiguió llegar hasta su esquina y apretujarse todo lo que pudo.

Al poco rato Jorge, armado con una linterna de explorador, asomó su cabeza y descubrió el trasero del monstruo temblando como si fuese de gelatina.

– Hola ¿Quién eres? – le preguntó Jorge.

El monstruo cerró sus ojos para que no le deslumbrase la luz y se preparó para lo peor.

– No voy a hacerte daño. Sólo quiero verte ¿Te molesta la luz? Mira, ya la apago – le dijo Jorge haciéndolo.

El monstruo abrió los ojos y se volvió levemente pero sin apartarse de su esquina.

– ¿Tienes hambre? Espera un momento.

El niño se fue y el monstruo respiró más tranquilo. Tal vez el niño fuera bueno. Por si acaso cuando regresó volvió a refugiarse en su esquina.

– Te he traído un cuadradito de chocolate.

El monstruo estuvo a punto de reírse, a él le gustaban los calcetines y nada más.

– No tengas miedo. Mira te lo dejo aquí. Puedes comértelo, está rico.

El monstruo pensó que el niño se estaba esforzando. Quizás sólo quería hacerse su amigo. Se acercó cautelosamente e hizo como si probase un poquito.

Jorge lo observó maravillado. Era algo único. Sus padres no le dejaban tener perro pero no le habían dicho nada de monstruos.

– No sé si me van a dejar quedarme contigo.

El monstruo le miró extrañado. Él se quedaba donde quería.

– ¿Me dejas acariciarte? – le preguntó Jorge porque muchos bichos no se dejan domesticar.

Al monstruo de los calcetines nunca le habían acariciado y tenía curiosidad por saber que se sentía así que le dejó. Le pareció agradable.

– Voy a encender la luz – le dijo Jorge.

Nada más oírlo el monstruo huyó bajo la cama.

– Pero si la luz no hace nada. Mira – le dijo apagándola y encendiéndola.

El monstruo siguió en su esquina.

– Vale. Vale. Sal, que no voy a encender la luz – le dijo Jorge sonriendo.

El monstruo salió pero dispuesto a volver a huir a la más mínima.

– Mira – le dijo Jorge y apuntando con la linterna al techo hizo giros y malabarismos con la luz.

El monstruo se quedó asombrado. La luz obedecía a su amigo.

– ¿Quieres hacerlo tú? Es como llevar un coche teledirigido.

El monstruo dudo pero tomó la linterna con su boca y jugó con ella. Iba por donde él quería. Entonces se dio cuenta de que ya no le tenía miedo.

– ¿De dónde vienes?

El monstruo había nacido en un desierto de arenas volcánicas bajo la tenue luz de dos lunas gemelas. Allí hacía mucho frío y tenía que escarbar profundos túneles para encontrar algo de calor. Por eso su mundo estaba tan lleno de agujeros como un queso gruyère.

– Bueno Me imaginó lo que va a decir mi madre al verte. Estás un poco sucio. Vas a tener que bañarte.

El monstruo no tenía ni la más remota idea de lo que era bañarse, por eso se asustó y agitó su cabeza con fuerza para decir que no.

– Pero si es muy divertido. Te dejaré mi patito de goma.

El patito resultó ser amarillo con un pico naranja. Hacía un ruido gracioso cuando lo apretabas pero el resto del tiempo estaba tranquilo. El niño llenó la bañera con un sólo dedo de agua templada y allí metió al monstruo. El agua se dejaba hacer olas con facilidad. Aquello empezó a gustarle y jugó con Jorge a salpicar. El monstruo descubrió que si golpeaba con su cola podía lograr que el agua llegase hasta el techo. Acabaron empapados pero bastante limpios y muy divertidos.

– Ahora hay que lavarse los dientes.

El monstruo abrió su boca negra como una cueva para que viera que no tenía ni un diente. Su aliento casi tiró a Jorge para atrás.

– Amigo. Vas a tener que usar un colutorio– le dijo Jorge con voz de doctor.

Al monstruo lo que fuera eso le sonó bastante mal. Apretó con fuerza la boca hasta hacer una linea tan fina que ni un hilo podría pasar.

– Vamos, tonto. Un colutorio es esto – le dijo Jorge echando en un vaso pequeño un líquido de color verde fluorescente.

– Es sólo para enjuagarse, no tienes que tragártelo – le dijo Jorge y se lo acerco a la nariz para que lo olíera.

– Pica un poquito pero te deja la boca relimpia. Yo te enseño – le dijo Jorge e hizo unas gárgaras para al final escupirlo en el lavabo.

El monstruo siguiendo su ejemplo se tomó el vaso de un trago, como lo haría un vaquero del oeste. Lo retuvo en su boca y le pareció que aquello no era tan difícil. Entonces lo agitó. Aquello picaba como la explosión de un millón de burbujas y estrellas. Se puso rojo y luego azul y luego verde y luego no aguantó más y lo escupió con todas sus fuerzas.

Entonces se abrió la puerta y apareció el padre de Jorge.

Estaba tan aplatanado como un zombie después de correr una maratón pero en cuanto vio todo el berenjenal que habían montado se le quitó el sueño de golpe y porrazo. El baño estaba hecho un desastre.

– ¡Jorge!

El monstruo de los calcetines intentó esconderse tras el pijama de Jorge pero no le dio tiempo.

– ¿Podemos quedárnoslo? Por favor. ¿Podemos? Es bueno y yo me ocuparé de cuidarlo. ¿Podemos? ¿Podemos?

El monstruo puso su mejor sonrisa. Le salía un poco torcida porque no gastaba espejos, pero era de verdad.

– Ya veremos mañana – les dijo el padre suspirando – Pero antes tenéis que recoger todo este lío que éstas no son horas.

– Vale – dijo Jorge y con ayuda del monstruo limpió el baño.

Tardaron pero lo lograron y al terminar se acostaron. Jorge le dejó un trozo de su cama al monstruo, que jamás había dormido en un lugar tan blandito, y ambos se quedaron fritos en un periquete.

A la mañana siguiente la madre de Jorge decidió que, si era responsable, el monstruo se podía quedar. Desde entonces la familia de Jorge tiene un nuevo miembro y ya saben que hacer con los calcetines viejos, se los come Bisbis que es el nombre le pusieron entre todos al monstruo de los calcetines.

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