sábado, 11 de julio de 2026

El poeta imaginario

Empezó a enviar poemas a direcciones inventadas cuando descubrió el cartero no las traía de vuelta. Al principio las enviaba a la atención de Neruda, de Dario, de Lorca y de todos aquellos que dormían en su voz, a los lugares que soñaron y les soñaron. Luego comenzó a inventarse poetas que nunca existieron. Ahora escribía a un pastor que silbaba a la lluvia, a una abuela que masticaban el pan para su nieto, a un marinero obsesionado por una ballena blanca.

Cada vez que necesitaba un sello lo pintaba con un pincel de un sólo pelo inspirándose en los paisajes de montaña que le rodeaban, o en el rostro de Encarna que una vez al mes acudía para chismorrear y cortarle sus cabellos. Desayunaba leche de cabra y con ella hacía quesos que cambiaba por pan y papel. Fabricaba la tinta con una mezcla de agua de lluvia hervida, clara de huevo, zumo de ciruelas, clavo y unas gotitas de sangre.

Cada mañana, después de sumergir por entero su cabeza en el agua de un riachuelo, cantaba una canción a la que cada noche añadía un nuevo verso. Las partes más hermosas coincidían con el momento en el que regaba su huerto. Después partía con sus cabras a dónde estas quisieran conducirle. Su canto se volvía entonces un murmullo con breves repuntes en algún detalle del cielo o de la vida y su libre brotar. Con el atardecer guardaba a las cabras y se ponía a escribir mientras aguantase la luz del sol.

Una tarde encontró apoyado en su puerta a un hombre. Dormitaba produciendo una especie de lánguido suspiro. Su barba negra descansaba sobre su hombro. Tenía cruzados los brazos con las manos resguardadas en las mangas de una grueso jersey verde. Parecía fuerte y casado. Llevó a sus cabras al redil mientras reflexionaba acerca de la extraña circunstancia. No era bueno para recordar las caras pero lo poco que le quedaba de familia estaba a medio mundo y unos cuarenta años de distancia. Decidió sentarse a su lado a esperar que despertase a ver si le venía a la cabeza quién podría ser. Cuando llevaba un rato mirándole vació su zurrón y trató de colocárselo como almohada. El hombre despertó sin transición o sorpresa. Tenía unos desconcertantes ojos azules.

Hola – dijo el extraño. Se levanto, ofreció su mano y esperó un buen rato una respuesta.

¿Quién eres? – pregunto dejando que cargará el peso de su mano.

Le escribí una carta. ¿No la recibió? – dijo el hombre con una felicidad evidente. – Soy Alef Gustafsson.

Eso es imposible. Yo le imagine – dijo con la confusión dibujándose en sus ojos.

Bueno, no vivo en la Huerta del Rey, pero acertó prácticamente en el resto.

¿Cómo ha conseguido encontrarme?

Ha sido toda una aventura. Pero he encontrado gente maravillosa. ¿Sabe que hay una empleada de correos enamorada en secreto de usted?

¿Cómo?

Disculpe. A veces me emociono y me olvido de que tengo todo el tiempo que quiera para las cosas importantes. Aún no me ha dicho su nombre.

Perdón. No estoy acostumbrado... Me llamo Miguel – respondió azorado y está vez fue él quien ofreció su mano.

Es un placer conocerle, Miguel – se la estrecho amablemente Alef.

No tengo mucho que ofrecerle.

Sin duda cualquier silla será mejor que el suelo y un vaso de agua en este instante me sabría a cielo.

Ahora abro la puerta – dijo Miguel mostrando una enorme llave de hierro que luego rugió en una antigua cerradura.

La casa sólo tenía una habitación. Era sencilla pero llena de pequeños detalles. Figuras de madera. Estanterías llenas de tomos sin titulo primitivamente encuadernados. Unos pocos libros de bolsillo muy desgastados. Una mesa frente a la ventana llena con los útiles de escritura y unos cuantos papeles desordenados. La cama estaba arreglada con unas sabanas marrones, sin una sola arruga.

¿Y cómo es que vive aquí? – dijo Alef fijándose en dos campanillas que colgaban de la luz.

La soledad ayuda con la poesía. Como sin duda sabrá.

Eso es sólo al principio, después empiezas a querer más.

El nuestro es un arte de margenes.

No estoy de acuerdo con eso. Y si me lo permite se lo demostraré. ¿Tiene radio?

Por supuesto – dijo Miguel con un leve bufido sacando una del último cajón y tratando de quitarle discretamente el polvo.

¿Dónde hay un enchufe?

¿Va a ser mucho rato?

No creo.

Entonces puedes usar el de la nevera.

Gracias – dijo Alef y se sentó en el piso de madera y empezó a trastear con la radio. Miguel acabó por sentarse a su lado.

¿Qué va a hacer?

Mientras leía sus poemas me decía: "Es una lastima que no lo conozca más gente, que no tengan la fortuna de su parte y logren encontrarlo".

No soy lo bastante bueno. Hay mil poetas cuya obra merece ser leída antes que la mía.

Usted está vivo y los tiempos cambian una barbaridad. ¿Cuantos poetas puedes nombrar con más de un siglo en sus tumbas?

Sigo sin ser lo bastante bueno.

¿Bastante? ¿Cuál es la poesía más bella del mundo?

Puedo responder esa pregunta para mí, pero no para el mundo.

Entonces piense un momento el porque de su respuesta – dijo Alef tratando con cada vez más suavidad a la radio, buscando entre el rumor un faro de coherencia con la antena entre sus dedos. Al fin meciendo suavemente el dial consiguió que una alegre melodía llenase la habitación.

Es música.

Escuche un momento las palabras.

Sí, admito que hay cierta poesía.

Es poesía que ha ido poco a poco creciendo, llenándose como palabra. Hay poesía en el movimiento, en la luz, en la música, en la naturaleza, en todo lo que es bello. ¿Cuál es la poesía más bella del mundo?

Hay un canto... Cada día le añado un verso. Lo mejor que me ha pasado. A veces se me ocurre cuando contemplo la naturaleza, o cuando encuentro algo, o cuando... bueno, el excusado es un momento en que uno piensa en uno mismo.

Me encantaría escuchar ese canto, Miguel. Quién sabe, quizás encuentre algún verso para mi poema más bello del mundo.

Siéntate en la cama. No te preocupes, es el lugar más cómodo. Mejor será que te traiga una jarra de agua, un poco de pan y un poco de queso. Va a llevarme un buen rato.

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